jueves, 28 de abril de 2011

Injertos

Nos han prometido que dentro de un mes terminarán  las reformas de nuestra casa. Las obras han sido la situación de necesidad que nos obligó a trasladar los libros y otros enseres dóméticos a un polígono industrial.

Cuando los guardaba de uno en uno apareció El conde Lucanor, el primer libro que recuerdo haber comprado. La edición, la verdad, era deficiente y más bien disuasoria, pues su letra apelmazada y minúscula invitaba a rehuir el encuentro. Me costó 150 pesetas en la librería del Corte Inglés o lo que entonces yo, que nunca había salido de mi pueblo, suponía que era una librería. Puede ser que lo comprara para olvidarme del susto que pasé examinándome de mecanografía y taquigrafía, disciplinas menestrales hoy decadentes que a mi madre tal vez le parecían la formación óptima para el propietario de una Olivetti Lettera 32. Costaba muy poco en 1981 hacerse un hombre de provecho.

El caso es que, en el trance de separarme medio año de unos libros con tanto gozo y esfuerzo reunidos, el reencuentro con aquel viejo amigo me refrescó las dudas sobre los caminos que nos conducen a unos libros y nos apartan de otros.  Me pregunté también por qué llegamos tan pronto a unos libros, casualidad preñada de consecuencias.

¿Cómo se empieza entonces una biblioteca? ¿Cuando? ¿Para qué? Tal vez a estas preguntas sólo pueden responder aquellos que se ha visto privados de sus libros, voluntariamente o no, pues estos han tenido que empezar de nuevo. También saben algo del asunto quienes embarcan sus libros en el camión de la mudanza, porque en ese momento se dan unas condiciones experimentales perfectamente controlables: ¿con qué libro regresará el lector a su casa después de pagar a los mozos del guardamuebles y pasarse por la librería? ¿Por qué habrá comprado precisamente ese, que será, ceteris paribus, el primero?

El día de la mudanza no comprendí el designio que se esconde detrás de los dos primeros libros que entraron en nuestro domicilio provisional: Luz del mundo, de Benedicto XVI y Alma minha gentil, una antología general de la poesía portuguesa. Apenas empiezo a vislumbrarlo ahora, cuando esos injertos ya han sobrevivido al invierno y prometen tan buenos frutos.