martes, 12 de abril de 2011

Azoriniana

El verano pasado, a finales de julio, me reencontré, después de veinte años, con mi catedrático de civil, FRP. Intervenía con sus preguntas en un curso estival de la Asociación Católica de Propagandistas, celebrado en el Seminario de Monte Corbán de Santander. Había enviudado hacía algún tiempo y acusó el golpe, pero me dicen que ahora ha encontrado otras vez las fuerzas para servir a los demás. Se acordaba  vagamente de mi y me encargó llamadas y visitas a sus antiguos condiscípulos de la Universidad de Murcia, preocupado por la digna celebración del centenario de la Minerva del Segura. Vendrá bien impetrar para ello, me decía, la ayuda de la Virgen de los buenos libros.

RP, como le llamábamos, me dejó entrañado un recuerdo imborrable, pero no, lo aseguro, por el sobresaliente o tal vez la matrícula que me puso, pues como profesor de otra raza, la de los catedráticos de antes de la LOU de Maravall, premiaba a casi todo el mundo con la máxima nota.

El profesor RP, cuya vida pacífica parecía entorpecer casi todo el mundo, siempre atosigándole con prisas, nos explicó un día el minuto atropello de que fue objeto por no llevar consigo el documento nacional de identidad, sino una copia notarialmente compulsada de la infamante cartilla. Ese era, lo recuerdo, el epígrafe de una lección de su temario: así, "el infamante DNI", duro a la safena del Estado. Es lo menos que se puede esperar de un civilista.

Con mi amigo PM, jienense, ahora padre de familia, funcionario de prisiones y justo acreedor de la fama no reconocida a su abuelo como inventor de los flamenquines, le acompañé varias veces en su Ford Taurus marrón desde la Ciudad Universitaria hasta la Plaza de España (P vivía en Fuencarral y yo en la Plaza de los Mostenses).

Cada día pedía a un alumno que tomara asiento a su izquierda y apuntara todas las memorabilia de clase, pues da mucho de si, más de lo que se cree, la horita de clase, tormento del profesor enamorado de su oficio. ¿Qué apuntaría en aquellas actas un francés estudiante de marketing que se dejó caer por allí ese cuatrimestre, vanguardia de los programas Erasmus? No sabía ni papa de español.

Nos hablaba de Azorín como quien habla de un vecino de la familia y nos  había prometido uno de los sillones en los que el escritor pulía sus primores para que cualquiera de nosotros pudiera defender, algún día, una buena tesis doctoral sobre Azorín y el Derecho. Creo que el tema sigue, desgraciadamente, en barbecho. 

En una de sus clases nos contó, no recuerdo ahora si citando La voluntad, que en Yecla, ciudad vecina y rival de la suya, Monóvar, "todo el mundo se prepara". Tal vez se refería a unas oposiciones a Registros. He recordado la exclamación azoriniana, pasada por la memoria de mi catedrático de civil, al entrar hoy el primero en la Biblioteca y contemplar en silencio todas estas mesas desbordadas de libros, carpetas y papeles, entre los que zozobran los notebooks.