lunes, 11 de abril de 2011

El librero de Atila

Regresé de Cartagena a la Ciudad del estudio, idea del saber encarnado sobre la que gira el hermoso libro de Alberto Jiménez Fraud Historia de la Universidad española. Yolanda y yo apenas hemos tenido tiempo de preparar para el traslado algunos enseres domésticos y visitar, el sábado por la tarde, las obras de nuestra casa.

Las estanterías, sencillas, funcionales y abundantes, quedarán bien, estratégicamente distribuidas por toda la casa, pero ante una montaña de escayola y cartón abandonados nos ha golpeado una impresión funesta: parecía que en nuestra ausencia, el salón había servido de marco incomparable para una representación,  en sesión doble diaria, de la caída de Roma, seguida de la orgía de los bárbaros.

Mucho peor de lo que cuentan los periódicos debe estar la construcción cuando Atila y  sus muchachos, los hunos, se alquilan para estos trabajos: la ejecución de "vitrinas", según la terminología del caporal... Se olvida uno a veces de que las representaciones del libro son muchas y curiosas, dependiendo de cada natural o ingenio. La de mi operario, por lo demás, no me parece peor ni más nociva que la de ciertos directores de la Biblioteca Nacional de España.

Si un libro es algo que debe conservarse en "vitrinas", aunque no se lea, incluso si se lee, es que se le tiene por una bella tonta. Tal vez nuestro hombre piensa que el libro es, por vistoso,  lo inútil y superfluo.

O puede ser también, no me atrevería a negarlo, que en el alma del oficial de nuestra obra aliente la vocación de un conservador de museos, archivos y bibliotecas. Si así fuera, nos consolaría saber, después de tantos sinsabores, que un día tuvimos arrendados los servicios del librero de Atila.