domingo, 15 de abril de 2012

Rapanui

Mañana, en la Universidad Pontificia Comillas, continúa el diálogo con sus discípulos del profesor Dalmacio Negro. Encuentros sobre ismos y política es el título para disimular lo evidente: el homenaje académico al maestro y amigo. Hasta la fecha han intervenido Consuelo Martínez-Sicluna, Elio Gallego, Miguel Ayuso, Pedro Gago y Paloma de la Nuez. Se han programado para el final las ponencias de Carmelo Jiménez, Luis Bueno, la mía y (dentro de una semana) la de Armando Zerlo.

Tengo que hablar del realismo político, saltando desde Kautilya hasta Raymond Aron. Al salir a la calle y doblar la esquina de unos pasajes sobre "Cristianismo y descivilización en Europa", comentarios a un libro del profesor Negro publicados en 2006 en Ius Publicum, de la Universidad Santo Tomás de Chile, me encuentro con una meditación sobre los "Rapanui, pueblo que mira al continente". El autor, "profesor de cultura rapanui en la Academia Diplomática Andrés Bello", relata el abandono de la Isla de Pascua, despreciada por los colonialistas franceses mientras veía diezmada su población por las enfermedades y las incursiones esclavistas y piratas. Precisa también en qué condiciones el Obispo de Tahití intimó a las autoridades francesas a declarar el protectorado sobre la isla y, ante el silencio de estas, a la República de Chile.

El 9 de septiembre de 1888 el marino chileno Policarpo Toro firmó con los representantes investidos por el consejo de los Rapanui el acuerdo de cesión de la isla, en lengua española y rapanui. En el documento de cesión, siendo breve, hay una cláusula general muy literaria:

Hemos acordado escribir lo superficial. Lo de abajo, el territorio, no se escribe aquí.

Esa agudeza filosófica explica por si misma la supervivencia de un pueblo que poseía un refinado sentido de la interioridad.

El "profesor de cultura rapanui" señala algo maravilloso sobre las consecuencias del extremo aislamiento insular del pueblo de los moai. A cuatromil kilómetros del continente americano:

su retorno a la Edad de Piedra se ahonda al quedar desvinculados de los demás grupos humanos y no poseer otra fuente de renovacón cultural que la naturaleza volcánica de su isla, el océano, las estrellas y su propia interioridad.

Así, de pronto, no me parece poca cosa: volcanes, océanos y estrellas en un alma que parece kantiana.