martes, 5 de julio de 2016

Epizootia constitucional

Portada conmemorativa y entusiasta del otorgamiento de la
IX Ley Fundamental española que responde al Qui prodest?
Las últimas elecciones han revelado una confusión absoluta. Bastan para convencerse las erráticas profecías de las encuestas electorales -hablar de "previsiones" hace tiempo que dejó de tener un sentido inteligible-. Pero la salvación irradia también donde se encuentra el peligro, en el 26J, fórmula por lo demás irrelevante dentro de unos meses, pues el año que viene tendrá también su 26J, como todos los años, hasta que volvamos al polvo y aun después.

Así, en su última erupción, que hace pensar en una epizootia por el número de brutos contagiados, cierta dolencia, el mal español, ha multiplicado y amplificado la reclamación de un nuevo pacto constitucional, de una nueva ley electoral y una constitución nueva, incluso de una Nueva Transición. Gonzalo Fernández de la Mora lo diagnóstico: la manía constitutoria. Sus últimos años fueron escribir para remediarla.

Ni las constituciones las fundan los pactos, aunque estos puedan propiciarlas como "enjuague" o "chanchullo", ni la Transición es un modelo del que pueda presumir la gente sensata, pues es el ejemplo máximo de la lepra de la legalidad de los pueblos latinos: de la ley a la ley pasando por la ley... sin derramar ni una gota de sangre, pero derrochando en el politiqueo las energías acumuladas durante décadas. Quién lo hubiera dicho de una nación tan bien dotada hogaño para el derecho político. Lo cierto es que no hay constitución que no sea impuesta u otorgada ni cambio de régimen sin abominación, física o espiritual.

En estos meses de interinidad y desasosiego ha faltado imaginación política. Los políticos sin  imaginación, a las primeras de cambio, echan siempre por el camino fácil de la reforma constitucional, jaleados por la gente. Corren afanosos delante de ella y por eso, si miras desde la calle, te parece que la guían. En el barullo, tal vez, pretenden dar esquinazo a la dura ley de la circulación de las élites. El tardofranquismo y la constitución innominada de 1977, nuestra célebre constitución puente, sugieren que se trata de un empeño vano -qué espectáculo el haraquiri de los procuradores del reino-. Otros, más comedidos, iluminados que se ven a sí mismos como faros, sueñan con una reforma de la ley electoral, símbolo de todo caduco del viejo régimen.

En realidad, la tribulación de un país sin gobierno, en dormición, despolitizado, hostigado por la brutal guerra de úteros de la quinta columna, ha puesto de pronto al descubierto las virtudes ocultas de una constitución cuyos defectos, al fin, se conocen y con los que no le resultaría difícil manejarse a un gobierno sin vicios ocultos. Despolitizar la justicia y desmontar los Diecisiete Excusados con Bandera e Himno, fórmula que desde El Alcázar le atizaba el falangista Rafael García Serrano a las comunidades autónomas, no es misión imposible. Mantener la Ley d'Hondt, que impide formar gobierno, es cierto, pero que resulta que tiene la virtud de conjurar el diluvio del populismo sin pueblo, típicamente intelectual, de los jóvenes totalitarios, tampoco.

Como apuntaría Álvaro d'Ors en una de sus codas: esta glosa también podría titularse "Virtudes ocultas de la constitución (y vicios manifiestos del gobierno)". Vale.