domingo, 19 de marzo de 2017

Herzliche Grüße, Herr Maschkiavelli

La democracia es un sinsentido metapolítico, sobre todo cuando se decide prolongar una visita turística o cancelarla. Una de las inteligencias superiores que viajan en el mismo microbús que uno, sufragista pasivo de un modesto colegio electoral que comprende en su censo la mitad de toda la estirpe del realismo político europeo, es preguntada y responde.

En su existencia accidental, este breve colegio se asemeja a cierto tipo de agrupaciones sobrevenidas estudiadas por Gustave Le Bon en su libro de intuiciones sobre la psicología de las muchedumbres.

El que puede preguntar y pregunta, un profesor de Filosofía del Derecho de una facundia extraordinaria, pide opiniones más que respuestas. Nos interpela como electores. Sondea nuestro apetito, no nuestra auctoritas.

El conteo da una mayoría aplastante a favor de una opción. Se trata de un plebiscito: o sí o no, de una disyuntiva política pura: o continuar o regresar. La política, antes de expresarse en la guerra, constituye un duelo lógico. Por eso, cuando se multiplican las opciones se cambia también la naturaleza del problema, transformando la disyuntiva en un ridículo test académico. Es la antipolítica de los presupuestos participativos, una "derivación" deliciosa para uso de populistas de izquierdas.

Pues bien, inclinándose la mayoría, una mayoría casi soviética, de más del noventa y cinco por ciento, por el regreso, se decide continuar. Maschkiavelli ironiza: "Te preguntan para no hacerte caso". Le duelen las rodillas y suspira casi imperceptiblemente: Cette drôle de démocratie! Este espíritu carnal y telúrico, también hostigado por la clase discutidora en el corazón del Brasil, se fuma entonces un parliament y me habla de Donoso Cortés, su espíritu congenial.