martes, 7 de marzo de 2017

El Cabo austriaco y su espíritu telúrico

El 9 de noviembre de 1982 el constitucionalista italiano Fulco Lanchester entrevista a Carl Schmitt en su casa de Pasel, en Plettenberg. En el San Casciano del Viejo del Sarre. La conversación, que dura tres horas, se graba en un magnetófono. El resultado, "Un giurista davanti a se stesso. Intervista a Carl Schmitt" se publica al año siguiente en los Quaderni costituzionale, nº 1, 1983. Pero Schmitt, tal vez, no desea ver aireadas esas confidencias suyas a Lanchester. Giorgio Agamben la recoge en 2005, junto a otros textos y entrevistas preciosos (un coloquio radiado el 1 de febrero de 1933 o una conversación con Dieter Groh y Klaus Figge, asimismo radiada en las estaciones del Südwesfunk de BadenBaden el 6 de febrero de 1972) en Un giurista davanti a se stesso. Saggi e interviste (Neri Pozza, Vicenza 2012). En esta edición, la segunda, acabo de leerla esta mañana.

La frescura y la libertad de sus opiniones convierten esa entrevista en el boceto de un autorretrato delicioso. No hay manera de acabar con él. Da igual que lo conviertan en "tema" de tesis doctorales los idiotas de los que habla sin recatarse.

Schmitt es un fuera de serie. Un espíritu de la cofradía de los ángeles custodios del realismo político. Ese "nivel" impone unas condiciones al lector. Es problema de cada uno someterse a ellas o no hacerlo. Desde luego, no son bien recibidos ni los románticos, ni los moralistas, ni la mezcla de ambos, a saber: cierto tipo de profesor universitario que nos fatiga con sus escrúpulos morales y sus chismes estupefacientes.

En 1942 aparece Land und Meer, cuya edición original dedicada, me tiene prometida JB. En su conversación con Lancherster, Schmitt se muestra orgulloso de la edición Maschke de ese librito, aleación de la experiencia histórica con sus vivencias personales. De hecho, se lo ofrece en la primera página a su hija Ánima, "una niña que entonces contaba doce años": Meiner Tochter Anima erzählt. Escrito cuando se libra en África la batalla de El Alamein, un almirante le escribe, recién publicado, para pedirle cuentas por la dedicatoria: "¿Por qué lo dedica a una niña y no a Adolf Hitler?". Cualquiera, en esas circunstancias, se habría salido por la tangente poniendo alguna excusa. Treinta años después podría también haber recordado que Hitler era un ignorante o un criminal o que le faltaba un huevo o los dos. Está claro que a Schmitt no le importa gran cosa lo que puedan pensar de él los señoritos de la Santa Hermandad.

La respuesta de Schmitt al almirante que pregunta -Álvaro d'Ors recordaría en este punto que pregunta quien puede y responde quien sabe- es de una sencillez y una obviedad casi banales: "Hitler nunca ha visto el mar. Nunca se ha embarcado. Una vez llega a Budapest por el Danubio". ¿Cómo se le puede dedicar un libro sobre espumadores del mar, piratas y cazadores de ballenas a alguien que nunca ha sufrido el más leve mareo a bordo de un barco?