miércoles, 19 de abril de 2017

Schmittiana (n)

Los españoles que escriben libros y tesis sobre Carl Schmitt desde hace casi setenta años integran ya una buena falange. Unos son rentistas y sus canas se respetan. Otros, tal vez demasiados y demasiado acuciados por su carrerita, sanno ma non capiscono niente. La mayoría escriben sus Anti-maquiavelitos quinientos años después, pero ninguno tiene la clase de aquel Maquiavelo degollado. Se puede antimaquiavelar en nombre de la soberanía de Dios y sus vicarios temporales, reyes o emperadores, pero no de los derechos humanos y la democracia universal. Como Schmitt, aprecio mucho el libro de José Caamaño, jurista hurañísimo que lo escribe y desaparece. También el del Nomos y lo político y, tal vez por el desembarazo del autor, el de Contrarrevolución o resistencia.

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Gracias a MM, factótum de los Carl Schmitt Studien, en viaje de estudios por Düsseldorf, Duisburg y Frankfurt, acabo de videoconferenciar con GM. De él tomo al vuelo lecciones de un minuto en nuestras conferencias telefónicas, una o dos al mes. También hoy, seguramente sin pretenderlo, me ha ilustrado.

GM es maître de coeur. Eso tiene que explicar el séquito de españoles de los dos hemisferios que con tanta atención le escuchamos y nos contamos su vida. Ahora han sido sus propósitos sobre el libro de un compatriota que le he girado no hace mucho, pero la última vez fue una noticia sobre el joven Maschke-énigmatique y la conversación sobre nuestro amigo común a quien dirige, admirado como yo por su grafomanía y su biblioteca de doscientos mil volúmenes, un dardo del carcaj de Unamuno: "¡Que escriba él!". No nos vemos desde lo de Uberlândia y desde entonces él ha pasado mucho, pero no pierde el ánimo.

Estoy leyendo su "Carl Schmitt abstraído y la ocupación de Renania", un petit chef d'oeuvre. Por el camino curioseo en el tomo que lo recoge, Der Tod des Carl Schmitt, reeditado ampliado y revisado en 2012, a booklet about short articles about a great author. La literatura sobre la recepción de Carl Schmitt en España es cuantitativamente importante: desde el José María Beneyto de 1983 al Miguel Saralegui de 2016 -un libro rebajado en la jerarquía de la inteligencia por el elogio ridículo de uno de los suplementos culturales orgánicos del país: "Las amistades franquistas de Carl Schmitt"-. 

Casi todo lo que se publica aquí parece lleno de lugares comunes y de observaciones que pasan directamente de las papeletas a las prensas. El maniqueísmo y la damnatio memoriae son incompatibles no ya con el rigor, sino con la piedad que se necesita para escribir sobre alguien, quienquiera que sea. Les envidio a todos por su falta de escrúpulos y por su decisionismo. Para mí la escritura es una tortura de la espalda y del espíritu. Tal vez porque tengo la certeza de que cada línea puede ser la última de las pobres mías y que en ella me estoy jugando la salvación. Y porque recuerdo con frecuencia aquella pregunta de Menéndez Pidal, ya muy enfermo, a Marías: "¿Julián, usted cree que veré a los juglares?".  

Pocos atinan. La verdad es que ni aciertan ni se equivocan, que es todavía peor, pues parece que se podría decir una cosa y la contraria. Esta atmósfera asfixiante de prejuicios explica la parca repercusión en España de la muerte de CS. En la tierra de la más significativa interpretación de las doctrinas schmittianas -integradas en planes de estudios y en temarios de oposiciones-, apenas unas notas de prensa, muy poca cosa si se compara con la desbordante reacción italiana.

La presencia de Schmitt en España, hispanizada su estirpe renano-moselana en Santiago de Compostela, tiene una explicación diáfana. GM la apunta como de pasada, inocente en la forma tal vez, pero consciente de que cuestiona radicalmente buena parte de la bibliografía española sobre el Mito-Carl Schmitt, a la que le pega un viaje mortal de necesidad. También a él le gusta tirar de la manta. 

Los juristas y escritores políticos españoles del tercio medio del siglo XX han comprendido. Más allá de las tendencias políticas y las posiciones ideológicas, algo puramente fáctico y accidental, el espíritu schmittiano es congenial del español. ¿Cómo no le va a entender, como nadie en Europa, una generación que ha mantenido vivo y operante el recuerdo del imperio y que tiene la experiencia de la guerra civil? 

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