sábado, 7 de enero de 2017

Carlos el Moraco


Hace cuatro o cinco años, en un rastro de la playa, en medio de huertas de berza y limoneros, cayó en mis manos una primera edición autógrafa de L'avenir de l'intelligence, de Charles Maurras, Carlos el Moraco –deduzco de un pasaje del Maurras de Giocanti que mi hispanización de su apellido por el étimo no disgustaría al romántico antirromántico de Martigues–.

Ese libro ha sobrevivido cien años sin una mácula, pero cuando ahora lo alcanzo para leerlo sus páginas exhalan todavía el olor de los puestos entre los que me captó. Trascendía de ellos, sobre una lona con alma de red, un aroma de encurtidos y salazones, de aceitunas y, sobre todo, de hueva de mújol salada y prensada, el exquisito despojo de la pesca mediterránea que tanto apreciaba del félibre Maurras. Al fin comprendo.

Me contentaba tenerlo a mano hasta ahora. Pero se conoce que necesitamos siempre de un guía, como en la Divina Comedia, mio duca, mio dottore –copio a Maurras, que nos inicie. Después el monte se nos vuelve orégano. Así arribo, nunca mejor dicho, a los cuatro extraordinarios volúmenes de Oeuvres capitales (Flammarion 1954), que empiezo por Anthinéa y por el bello relato de su viaje a la Grecia de los primeros juegos olímpicos de la era moderna.

Maurras no es adrede un teórico acabado: la vida es demasiado corta para vivir con la obsesión del "encadenamiento lógico de verdades bien definidas". Su obra es pues algo vivo, una fuerza de la naturaleza, cambiante como la Camarga, trabajada por el viento, por el Ródano y por el pulso del mar. Eso explica su destino, tan lejos de la cosa juzgada. Consciente de ello, Maurras ve en su obra capital, depurada de lo accesorio y eventualmente comentada por él en el último año de su vida, su avenir total, la quintaesencia de su posteridad.

Me entusiasma ese clarinazo de clasicismo que es Anthinéa. Me recuerda a los suspiros filiales por Roma madre de otro romántico que dice renegar de su vocación por el vagabundeo intelectual, antikrausista por las mismas razones que tendría Maurras para ser antidreyfusard, Ernesto Giménez Caballero; también a los de Josep Pla, aunque el catalán, morrasiano conspicuo, prefiriera quedarse finalmente amodorrado soñando con el Canigó, libando xarel·lo y buscando cargols per a la llauna

Nadie como Maurras para clavar la definición del espíritu romántico: "Un principio de curiosidad infinita", "un caos ambulante" que "nada elige ni prefiere, vegetando en una inercia indiferente" y que, sin embargo, se asemeja a una "movilidad extrema". El romántico, apunta al fin, es un canto rodado. Perfecto, por cierto, para el autor de El  cuaderno gris.

¿Y qué decir del espíritu telúrico de Maurras? Solo a un amante de las albuferas y del cabotaje por un mar espumado desde la antigüedad homérica se le puede ocurrir aplicarle al informe elemento acuátil, refractario a toda medida, las categorías espaciales de la lógica euclidiana. Rien n'est plus fini que la mer. En ese criterio se encierra toda la geopolítica trascendental morrasiana.

¿Y de su mentalidad antidemocrática? Aleccionado por Grecia, pero sobre todo por la historia de los Cuarenta Reyes que levantan Francia, Maurras denuncia la locura democrática por razones estéticas y por piedad patriótica. Cuando no se encuentren ya argumentos legitimadores del escepticismo en materia de formas de gobierno, seguirá teniendo sentido el argumento natural y sensitivo de Maurras que yo me permito traducir libremente en el espíritu de aquel gran provenzal: "Con los bienes que las generaciones tan lentamente crían, las democracias van y plantan una falla valenciana".