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lunes, 13 de agosto de 2012

De los libros somos

La cartera es a quien mejor recibimos en casa entre las doce menos veinte y las doce. Antes han pasado mis suegros, que también se llevan su parte. Antes aún hemos tomado churros y café. Mucho más temprano es cuando llego yo a la biblioteca para leer, no siempre sé si para escribir también. 

La cartera, que nos sube casi todo al sexto, sólo tiene un defecto, si se puede considerar tal: parece que dobla con saña, uno tras otro, los ejemplares de la revista Éléments, pues calcula que es lícito plegar una revista, precisamente esa, siempre la misma, para que entre por la ranura de mi buzón. Pero finalmente es la persona que me trae los libros que en mi rebusca me puedo permitir y que además divierte a mis hijas, pues las dos, aleccionadas por Yolanda, se entretienen la enormidad de un minuto haciendo para mi de correos del Zar de Rusia. No es que entrañe peligro alguno recorrer el pasillo (un luengo pasillo de una casa de las de antes): simplemente su algarabía me hace pensar en una patulea de cosacos a caballo que las persigue.

* * *

Hoy me llega, remitido por St Philip's Books, una librería oxoniense, Antimoderne, de Jacques Maritain, en la edición revisada y aumentada de 1922.

St Philips's Books es una librería especializada en libros de teología, lo que puede ponernos en la pista del antiguo propietario, tal vez un anglicano converso o un católico de 8 abuelos católicos. Debió llegar muy pronto a Inglaterra, y allí vio pasar uno tras otro los gobiernos de su majestad (hasta el día 7 de agosto, según reza en el matasellos).

Su antiguo propietario fue tan escrupuloso como para escribir dos avisos, con una bonita caligrafía, en las páginas 34 y 36.

Página 34: "This page to be transposed [ilegigle] page marked 36".
Página 36: "This should be page 34".

Pienso que mi cuidadoso benefactor, depositario casi 90 años de mi libro, tuvo que ser persona entregada a la abstracción teológica. De los seis capítulos de Antimoderne no le interesó el titulado "Réflexions sur le temps présent", justamente el que yo quería leer. Todos los capítulos están abiertos, menos el mío, que esta tarde me entretengo en abrir.

Juro que lamento no saber nada más del solidario inglés curador del libro. A la vista está, por cierto, que escribir, como acabo de hacer más arriba, "mi libro" o, para distribuir el orgullo a partes iguales, "nuestro libro", es una exageración voluntariosa, pues somos del libro.

Algo, aún no sé el qué, tal vez un billete con estos apuntes, dejaré también en sus páginas para nuestro común amigo (de aquel inglés y mío) que se curará de él cuando recupere su libertad (certus an incertus quando, ya me entienden). Todavía no ha nacido, pero espera noticias nuestras el siglo que viene.

viernes, 3 de agosto de 2012

Maritain: de Canossa a la Democracia cristiana

A primeros de septiembre próximo, del 5 al 8, acudiré a Estrasburgo. El Instituto de Estudios Políticos de la Universidad celebrará un Coloquio internacional sobre "La libertad en la época de Jacques Maritain", centrada en su obra, compromisos y vicisitudes de los años 30. Por eso, desde mediados de julio me he dado a la lectura de un autor que no conocía. Bien mirado, me resultaba incluso antipático, tal vez por la polvareda que en España y Argentina levantó su actitud, tan republicaine, tan autosuficiente ante la Guerra de España.

Pero en la obra del Maritain de los años 20 he encontrado a un filósofo católico sumamente interesante. No sólo por el viaje, que a sus expensas, he hecho por Bloy, Péguy y el Renouveau Catholique de Francia. Que por ciero explica muy bien el propio Maritain, con nombres, libros y revistas en un artículo de Foreign Affairs de enero del 42: "Religion and Politics in France". Está escrito, ad usum delphini, para el gaullismo y La France Libre, pero eso es otro asunto.

He leído Humanisme intégral de 1936, que procede inmediatamente del curso profesado por Maritain en la Universidad Internacionald de Santander en agosto del 34; al mismo tiempo, Principes d'une politique humanista, de 1945. Después Du Régime temporel et de la liberté (1933) y Religion et culture (1930). Por último el extraordinario Primauté du spirituel (1927), que marcó su ruptura oficial con el maurrasismo y L'Action Française. No he conseguido de momento Antimoderne, ni en la primera edición del 22, ni en la revisada y ampliada del 27. Como contrapunto creía obligado también leer Le paysan de la Garonne (1965).

Humanisme intégral es la divisoria del tercer Maritain: la afirmación de los principios y, al mismo tiempo, la preparación de los cambios sobrevenidos a lo largo de esa década y, sobre todo, generalizados en Occidente al acusar el autor francés, en los 40, el impacto de la política y la vida civil e intelectual de los Estados Unidos. Con todo, un libro como Principes d'une politique humaniste, referente práctico de la democracia cristiana de la postguerra (como Humanisme intégral será teórico), no es cualquier cosa: por su crítica al maquiavelismo, en el famoso último capítulo, pero también por su alegato en favor de una "democracia orgánica", la crítica a la partidocracia, la defensa del poder ejecutivo (instruido, según creo, por las teorías constitucionales del Interbellum de Mirkine-Guétzevitch). La cosa es que, de principio, el régimen maritainiano no parecía muy distinto del franquismo posterior al Fuero de los Españoles (1945).

El esfuerzo de Maritain por distinguir los medios políticos legítimos de la política de un régimen asimismo legítimo es más que meritorio, pero creo que ni siquiera los maritainianos le han dedicado atención, más allá de un puñado de vulgaridades. Por eso hace bien Umberto Ludovico, autor de una espléndida tesis sobre la teología política de Maritain y su debate con la politische Theologie alemana, al aconsejar que se separe al autor de sus pedisecuos (U. Ludovico, Jacques Maritain e la teologia politica del Novecento. Universidad de Venecia 2009).

Maritain fue un escritor contradictorio, a lo que tenía derecho. Del socialismo dreyfusard y del anticlericalismo de la III República, mediando su conversión (Léon Bloy fue su padrino de bautizo), paso a Maurras; de ahí a la defensa, como pocos escritores católicos supieron hacerlo, de la teología política de Pío XI, formulada oficialmente en su primera encíclica, Ubi Arcano Dei, de 1922. Quas Primas, de 1925, no era otra cosa que la institución de la fiesta litúrgica de Cristo Rey, congruente con las posiciones de 1922 ("la paz de Cristo por el Reino de Cristo"). Después de todo eso patrocinó, o eso parece, experimentos políticos muy alejados de la doctrina pontificia del preconcilio.

Mauriac, defendiendo a Maritain de los ataques de la derecha por su ligereza al negar legitimidad al Alzamiento nacional del 18 de julio, se refería a ál como "ce bien aimé Jacques". Aron, que sentía gran simpatía por "cet homme de bien", seguro que lamentando en su fuero interno la dureza con que Maritain trató a Saint-Exupéry, anhelante de la unión de los franceses, le consideraba una de las "consciences des français d'Amerique" (la otra era, naturalmente, Saint-Ex). Pero está también, para ser recordado, el trato que Maritain dispensó a uno de los vencidos de Europa, a Schmitt, viejo amigo católico. Las razones de su frialdad hay que buscarlas en su mujer, de origen judío, Raïsa Maritain, y en la opinión de Waldemar Gurian. Es fácil deducirlo, pero lo relata y documenta U. Ludovici, quien tambien explica, por las mismas causas (cherchez la femme), el desentendimiento de otro viejo amigo, Pierre Linn. Es comprensible y humano, como también lo son las opiniones que en su Glosario le dedica al Paysan de la Garonne el Viejo de Plettenberg: traidor a Bloy, de cuya herencia sólo ha conservado el odio a Alemania.

La respuesta de Maritain a Saint-Ex, "Il faut parfois juger" (1943) [A. de Saint-Exupéry, Écrits de guerre 1939-1944, pp. 221-229], es una invitación, por amor a la verdad, a hacer lo mismo. 

Entre el viejo laico que exultaba porque "la Iglesia católica romana que el 8 de diciembre de 1965 clausuró el II Concilio del Vaticano", en palabras del Discurso de Paulo VI a la Nobleza romana (14 de enero  de 1964), "ni quiere ni debe en lo sucesivo ejercer otro poder que el de sus llaves espirituales", y el teólogo político que en 1927 defendía el poder temporal de la Iglesia ratione peccati y afirmaba que "Canossa siempre será un consuelo para los corazones libres", no hay término medio posible. De modo que también aquí il faut juger.

sábado, 9 de junio de 2012

Los animales de la política

En el Occidente cristiano la política es un gran animalario. Deambulan por sus géneros la abeja laboriosa, la taimada culebra, el zorro ladino, el poderoso león y el águila real. En las Empresas políticas de Saavedra Fajardo, que siempre tengo cerca, hay también, además de todos esos, puercoespines, cigüeñas, osos y papagayos. Perros ladradores y rapaces que digieren el hierro. Muchos más son los animales que parlan en las fábulas de La Fontaine, canon literario de un género que, en realidad, trasciende la intencionalidad política. 

Desde Esopo a Orwell, pasando por Mandeville, las conductas animales han servido para ilustrar los vicios y las virtudes del animal político. Probablemente, los modelos de este género, como los espejos de príncipes, que conocieron gran desarrollo a partir de Plutarco, llegaron de Oriente, después de las conquistas de Alejandro. La alteración sufrida por los patrones originales, aun siendo lógica, resulta fascinante.

La política hindú, racionalizada en los Arthasastra, tratados del gobierno, ofrece un paisaje totalmente diferente, poblado de elefantes y vacas, pero también de los seres acuáticos. Nuestra ley de la selva o nuestra lucha lobuna de todos contra todos es en la India arcaica la ley de los peces, lo que parece, si cabe, más cruel y fatalista. Hay también en esos tratados serpientes, pero de ellas sólo preocupan sus virtudes venenosas y cómo defenderse de ellas. Tortugas. Y cangrejos, especie que le sirve a un príncipe del ingenio político, Kautilya, para prevenir a los reyes contra sus propios hijos: los príncipes, escribe el poderoso valido de Chandragupta, "son de la misma naturaleza que los congrejos, que devoran a sus progenitores".

jueves, 7 de junio de 2012

Metaliteratura y metapolítica

Carlo Gambescia es sociólogo y autor de una obra más ensayística que sistemática de mucho valor. Sus páginas son siempre el retrato del hombre que las escribe, lo cual, por otro lado, pueden pasar por alto, sin perjuicio de su ilustración, la mayoría de sus lectores. Gambescia, feligrés de San Pedro cuando aquello, no hace tanto tiempo, no era más que una parroquia grande de Roma y apenas conocía el moderno turismo religioso de masas, dice que mi estudio sobre Guillermo Röpke es un ottimo libro y creo que hasta le molesta el prurito de neutralidad con que omito el adjetivo cuando le traduzco al español. He escrito dos o tres reseñas sobre libros suyos publicados en Settimo Sigillo: la larga entrevista Dove va la politica?, el libro sobre Del Noce y el ensayo sobre la sociedad consumista, en la que se apoyaba, para tomar altura, en un pasaje de La isla del tesoro.

Esperando que los carteros no hayan desvalijado su último paquete con franqueo de las Poste Vaticane, que me traía, a mi antigua dirección, un libro muy italiano, A destra per caso. Conversazioni su un viaggio, puedo decir que de todos los suyos prefiero Metapolitica. L'altro sguardo sul potere.

Metapolitica de Gambescia son varios libros en uno: formalmente se trata de un ensayo sobre el buen uso de la metapolítica, pero en sus páginas hay mucho más: hipertextualidad, metaliteratura y una aguda microbiografía, la del autor, que nos hace saltar, sin solución de continuidad en la lectura, a la red, a su blog de metapolitica. Si yo fuera crítico literario diría que Gambescia ha hecho ladina metaliteratura.

El libro tiene tres partes y en todas se ve cuánto partido le ha sacado el autor a la categoría migliana de las regolarità de lo político, noción de una extraordinaria valencia metodológica. No hay, tal vez no puede haberla, una visión integradora y universal de lo político, sino "verdades parciales" o patterns, en términos de la filosofía anglosajona. De las mismas hace un recuento no exhaustivo, añadiendo a las señaladas por Miglio algunas de su minerva: la libido dominandi aplicada a la búsqueda de la hegemonía (Tucídides); los egoísmos concurrentes (Maquiavelo); la existencia de un soberano en todo sistema político (Bodino); el carácter ficticio de toda comunidad política (Hobbes); la clase política (Mosca, Pareto, Michels); la antítesis comunidad-sociedad (Tönnies); las formas ideológicas de legitimación (Weber); la contraposición amicus-hostis (Schmitt); la dialéctica movimiento-institución (Alberoni); la "tradicionalidad" (Shils); el conflicto progreso-decadencia o arché-anarché (Sorokin).

La metapolítica es, entre otras acepciones posibles, una aproximación generalizadora que estudia los medios concretos mediante los cuales se conquista, se detenta y se pierde el poder: en suma, una mirada sobre el poder, como reza en el subtítulo. Requiere del estudioso un equilibrio entre pasiones e intereses que raramente se encuentra en la caracteriología del politólogo. Este balance sutil es, a mi juicio, el lema y hasta la marca de Casa Gambescia. De la metapolítica gambesciana constituyen también apartados sensibles la reflexión sobre la acción metapolítica (¿conviene rechazar el mundo, aceptarlo o comprometerse estratégicamente con él?) y la incursión en las provincias de la decadencia de la civilización, promesa tal vez de otras jornadas intelectuales. Discípulo ex lectione de Sorokin, Gambescia afirma lapidario que nadie piensa hoy en la decadencia. Nuestras sociedades naufragan en un tiempo sin durée que ha roto sus vínculos con el pasado (presentismo) y con el futuro (cataclismo demográfico de la natalidad cero).

Más acá de la prospectiva sobre el poder y la decadencia se encuentran las afinidades electivas de Gambescia: Szymborska y Eliot; Dawson; Cantimori y Del Noce; Schmitt y Freund; Ortega. De su amigo Nicola Vacca toma un magnífico epigrama para el realismo político, con aires del capítulo XV de El príncipe: stare a guadia dei fatti. Entre las fuentes de elección está también Alda Merini, de la que reproduce un aforismo, invitando de paso a consultar el Dizionario Biografico degli Italiani para que nos den razón de esta mujer, poetisa y excelente cultivadora del género lapidario por excelencia:

La calumnia
è un vocabolo stentato
che quando arriva
a destinazione
mettre mandibole di ferro.

Del no muy conocido sociológo Edward Shils, muerto en 1995 a la "venerable edad de 85 años" y autor de un libro descollante en la sociología del Novecientos, Tradition (1981), dice lo justo para incentivar su lectura y descubrirnos cómo llega callando el silencio a una obra extraordinaria:

Judío de origen ruso y nacionalizado americano, especialista en Max Weber y Karl Mannheim y colaborador de Talcott Parsons. Shils gozó de un momento de celebridad en Italia: en 1983 recibió el premio Balzan y, por invitación de Juan Pablo II, participó en los encuentros estivales de Castel Gandolfo entre el Papa e importantes hombres de la cultura. Después se deslizó hacia una especie de limbo intelectual. Por lo demás, un intelectual no católico y apreciado por el Papa no podía obtener el favor de una sociología que, como la italiana de esos años, era la pedisecua de Marx y su epígonos.

Y como en ocasiones anteriores, Gambescia nos deja aquí y allá gratos encargos de lectura: G. Le Bras, La Chiesa del diritto. Introduzione allo studio delle istituzione ecclesiastiche (1955); S. Moscovici, Psychologie des minorités actives (1976); Tradition, de Shils, por supuesto; y M. Serra, L'esteta armato. Il poeta-condottiero nell'Europa degli anni Trenta (1990).

Y la impagable microautobiografía de

L'autore
Carlo Gambescia è nato e risiede a roma. Sociologo. Ha all'attivo fra testi scritti, curati e tradotti, alcune decine di volumi. Collabora con pubblicazioni scientifiche italiane e estraniere. Scrive su quotidiani e riviste. Svolge consulenze editoriale. Nel tempo libero che gli resta, poco per la verità, srive sul suo blog.

El colofón perfecto, per la verità, para un libro con arribes de serena melancolía: más allá de la metapolítica está la cruz de Cristo: aceptada en conciencia sobre nuestras espaldas debemos cargar con ella hasta el final. Oltre la metapolitica. Pero ahí comienza ya otro libro.

viernes, 11 de mayo de 2012

Dermatología y milicia

Tiene cada libro su propio destino. A él pertenecemos como lectores, incapaces de dar razón no ya de la afinidad, sino del mismo encuentro.

Aconsejado por el dermatólogo, muy convincente y tremendista en sus explicaciones, debo buscar un sombrero que ponga tasa a la radiación del sol en mi cabeza. Ello supone, en un pueblo como el de mi mujer, un grave problema de estética y discreción.

Esta tarde, después de recoger a Jimena, he ido caminando, buscando ya las sombras de los balcones, como si fuera agosto, a la sombrerería del puerto. Al pasar por Capitanía, que visité hace muchos años, treinta justos, cuando se fraguaba en mi una frustrada vocación militar alimentada de películas como Botón de ancla y Cateto a babor, me he fijado en el callejón que delimita el edificio por el Este: Calle del comandante Villamartín.

Catalogo a Villamartín, intuitivamente, como un intelectual de los cuartos de banderas. Sigo mi camino. Llego. Me explico y me dan a probar de casi todos los modelos. Rechazo muchos, pero aún así sobreabundan las posibilidades, por lo que tendré que meditar mi elección. Y volver varias veces a la tienda los próximos días. Esto lo doy por seguro. Creo que uno se juega mucho al calarse un sombrero.

A medio camino entro en una librería. Una chica que no podría decir si venía de merendar opíparamente o de sudar tinta en un gimnasio pregunta por un libro. La dueña del negocio, a voz en cuello, interroga a su empleada: ¿Nos quedan kamasutras de bolsillo? La otra quiere que se la trague la tierra. Viéndose perdida se acerca a la caja, donde esperan dos padres de familia (uno de ellos soy yo), buscando la respetabilidad que, a juzgar por su cara, no tiene su kamasutra de bolsillo y sí nuestros libros (siempre según la interfecta).

El caso es que yo esperaba mi turno para pagar El progreso del arte militar en sus analogías con el progreso de la sociedad, de Francisco Villamartín, una edición muy sencilla, algo deslucida en la portada, de dos capítulos de sus Nociones del arte militar. Se imprimió en la ciudad en 1968. Cuánto tiempo, amigo.




martes, 8 de mayo de 2012

Maquiavelo, lector de San Mateo

Esta tarde han llegado dos ejemplares de Razão de Estado e democracia, las actas del congreso de Covilhã organizado por António Bento. Busco mi texto, que me parece muy distinto (para peor) después de tres años y en cierto modo ajeno (para mejor), pues viene traducido al portugués.

Me alegra encontrar en el índice la meditación sumaria del algo extravagante profesor Salgado de Matos: "Cristo mestre de Maquiavel". Entre tantos argumentos retorcidos hasta la medula para concluir que la teoría de la democracia representativa tiene su correlato en el Cristo "profeta desarmado" del Sermón de la montaña, pero no en el que fue maestro de Maquiavelo, hay aquí y allá algunas iluminaciones que el autor rodea de todas las cautelas. Así, pone por delante que no pretende hacer hermenéutica de los textos sagrados, tampoco teología. En cambio, sitiéndose legitimado por el Edicto de Constantino y por el Cristo Señor de los Ejércitos que, en otro tiempo, galvanizaba la misión temporal de la Iglesia (y más recientemente el Cristo Rey de la Encíclica Quas primas de 1925), Salgado hace una lectura política del más antiguo relato evangélico.

Cristo no viene a traer la paz. Tampoco recomienda la pasividad al mandar a los suyos que sean sal y luz para el mundo. La estrategia de la serpiente presupone la existencia del enemigo, contra cuyos designios es lícito, si no imperativo, usar la fuerza y la violencia, tanto simbólica como física. ¿Qué mayor violencia simbólica contra los judíos que el anuncio de que Jesús es el Hijo de Dios?

Ignoro si el profesor es un hombre de fe, pero veo que en materia tan grave ha tomado sus precauciones al escribir que:

las palabras de Cristo son susceptibles de ser interpretadas como la enseñanza de una acción estratégica que toma a los hombres como medio, sin que ello implique la condenación eterna.


Cristo, maestro de Maquiavelo

No hace mucho, en un seminario organizado por el profesor António Bento en la Universidad de Beira Interior, en Covilhã, el profesor Luis Salgado Matos, emérito de la Universidad de Lisboa, improvisó una meditada comunicación sobre ciertas palabras de Cristo en el Evangelio de San Mateo. No las recuerdo ahora, pero confío en que las Actas de esa reunión, lejana ya (junio de 2009), las contengan.

Utiliza una fórmula equivalente a la del univesitario portugués (Cristo mestre de Maquiavel) el politólogo italiano Pier Paolo Portinaro. En su libro de muy alta divulgación científica Il realismo político, que compré hace unos días seducido por el tema de la conferencia de CG en Murcia, define el cristianismo, en el marco de su estudio, como "el realismo [político] de los débiles".

Menciona Portinaro la instrucción de Jesús a los apósteles de Mt 10, 16. En la traducción de la Nacar-Colunga reza así:

Os envío  como ovejas en medio de lobos; sed, pues, prudentes como serpientes y sencillos como palomas.

El de Mateo es, tal vez, el Evangelio que más se presta a este tipo de meditaciones. Así, después, en Mt 13, 24-30, vine la parábola de la cizaña, una antropología política del enemigo y una escatología política de la enemistad. "La discordia en la morada del enemigo", que me parece la traducción perfecta del espléndido título de De Gaulle, es el corolario de los primeros versículos del pasaje. Y el relato de la "autnomía de lo político" en Mt 22, 15-22. Y el de la fuerza como ultima ratio, enseñanza de la expulsión de los mercaderes del templo (Mt 21, 12-14).

Políticos son también algunos silencios de Jesús, quien nunca dijo Diligete hostis vestros, sino lo que el evangelista recoge en Mt 5, 44.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Carl Schmitt y la novela picaresca

Solange das Imperium da ist es una larga conversación con Carl Schmitt grabada para la radio en diciembre de 1971 por el periodista Klaus Figge y el historiador Dieter Groh. La versión radiada es sólo un parte de todo el material registrado en las cuatro cintas magnetofónicas que han transcrito y anotado cuidadosamente Frank Hertweck y Dimitrio Kisoudis, con la colaboración del erudito schmittiano Gerd Giesler. El título es una frase redonda entresacada por los editores: Und solange das Imperium da ist, so lange geht die Welt nicht unter (p. 50) [= Y mientras perdure el imperio, el mundo no perecerá].

Entre las muchas noticias interesantes que se desgranan y comentan en estas páginas sobresalen, ya al final, las sobrias explicaciones de su compromiso con el III Reich: como en otras ocasiones, la cosa no está a la altura del mito de Carl Schmitt. Simplemente on s'engage, puis on voit. Eso es todo. Comprometerse es la única forma de tener un conocimiento real de la situación. En último análisis, la pregunta no es “¿Por qué colaboró usted con Hitler?” (Warum haben Sie bei Hitler mitgemacht?), sino “¿Por qúe resolvió usted colaborar con Hitler?” (Warum haben Sie beschlossen, bei Hitler mitzuarbeiten?). Semejante resolución personal, dice Schmitt, viene a ser el criterio de la novela picaresca española (“lo mismo que la ojiva es el criterio del estilo gótico”): un pícaro, como manda el género, vive dando tumbos hasta que no puede más y entonces aparece la fórmula “Decidí… hacerme actor, emigrar a las colonias, llevar una nueva vida: ich beschloss, ich beschloss, resolví [en español] (p. 108).

Benito Cereno es pues el pícaro que resolvió hacerce capitán de un barco negrero.

martes, 13 de septiembre de 2011

Piet Tommissen [1925-2011]

Piet Tommissen murió el 21 de agosto pasado.

En su nombre cabe todo "el noble arte de la nota a pie de página". Su casa de Grimbergen era uno de los centros neurálgicos de la ciencia política europea, adonde muchos llegábamos, en arribada forzosa y necesaria, como atraídos por su autoridad (la del conocedor de Schmitt, Pareto, Sorel y tantos otros maestros). Desde allí llegaban puntualmente sus cartas, que eran siempre un estímulo intelectual fuera de serie. Traduje algunos de sus textos publicados en Empresas políticas y le sigo debiendo el volumen doble dedicado a la influencia de Carl Schmitt en España.

Descanse en paz.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Hebras y cabos sueltos

Toda lectura es providencialista, incluso cuando al cerrar el libro vemos que esas páginas se nos quedan como cabos sin anudar en una trama cuya coherencia última apenas vislumbramos y de la que, quién sabe, tal vez tendremos que responder. 

Esa es la impresión que me dejan las excursiones de los últimos días: El monasterio de la Oliva, la obra colectiva que en 2007 conmemoró el LXXX aniversario del restablecimiento de la Orden del Císter (O. C. S. O.) -cistercienses de estricta observancia-, en ese enclave religioso de la ribera del río Aragón; La cocina cristiana de occidente, de Cunqueiro -con muchas erratas que afean el texto casi tanto como los dibujos metidos a capón al final de la mayoría de artículos: hay con "recurso de contrafuego" donde debería rezar "de contrafuero" que resulta sumamente ofensivo-; El cantar de Roldán, que empezamos ya a leer en el túmulo al Roldán de la leyenda desde el que se domina el paso de Roncesvalles; César Borgia y Viana (1507-2007), de Félix Cariñanos, erudito local vianés, que se detiene en todos los detalles de la muerte y la sucesivas exhumaciones y inhumaciones del arrogante caudillo en esa tierra navarra.

jueves, 16 de junio de 2011

Noticias del alma

En el ecuador de mi sabático en Pamplona he querido dedicar un buen rato al libro de Rafael Alvira sobre la Filosofía de la vida cotidiana. La familia y por tanto la casa, es el lugar al que se vuelve. Es espacio espiritualizado. 

Le doy vueltas a esa verdad profunda que se encarna en la morada humana. Tal vez porque desde noviembre del año pasado he habitado muchas casas, ninguna de las cuales ha sido el lugar entrañable donde siempre nos esperan, sino estación de paso, cómodo asilo. [Yolanda, que se quedó de retén en Cartagena, me da  por fin hoy las buenas noticias: las obras ha nterminado, de modo qjue nuestras peregrinaciones domésticas tienen ya terminus ad quem.]

Buscando algún dato de López-Amo llego al tomo II de la  biografía de San Josemaría de Vázquez de Prada. Nombres conocidos en los retiros valencianos de junio y septiembre de 1939, pero ni rastro del joven Ángel. No me dan el tiempo (tampoco la paciencia) para seguir leyendo esas páginas. Sí, en cambio, la breve biografía de Miguel Dolz, nada problemática, según género literario, salvo en las alusiones finales a los sufrimientos del santo por la Iglesia. Hay tres sermones de los años 70, tal vez agotados, en los que debe estar el poso de ese sufrimiento.

La efusión lectora, algo dispersa lo que va de semana, termina por hoy con el relato de la conversión de Manuel García Morente: El Hecho extraordinario. Todas las páginas son de una densidad y una sencillez admirables: desde su desvanecimiento en el Rectorado de la Universidad de Madrid, cuando le anuncian por teléfono el asesinato de su yerno (un ingeniero de 29 años y padre de dos niños) en Toledo, hasta su "segunda comunión", recibida del Obispo de Tuy después de la Guerra. A su experiencia de Cristo sine corpore interposito, una percepción sin sensación, la noche del 29 al 30 de marzo de 1937, le cuadra bien la donosa expresión de Santa Teresa de Ávila: una noticia del alma.

jueves, 9 de junio de 2011

De un exordio a otro

Hace unos días terminé el estudio introductorio que acompañará una nueva edición, la tercera (o cuarta si se cuenta también la reimpresión de la primera), del precioso discurso El hombre, animal político, de Javier Conde ("F. J. Conde" en el corrosivo y cianótico capítulo 1 de La fea burguesía, de M. E.) Antes de volver a la faena, bella ma incomoda, como la guerra, hice acopio de un puñado de libros en Gómez y Troa. 

Uno de R. Alvira sobre la familia, El lugar al que se vuelve (Rialp). Leerlo es oír hablar y discurrir a su autor -lo que raramente me sucede con un libro. 

Otro de R. Hidalgo Navarro sobre Julian Marías. Retrato de un filósofo enamorado (Rialp). También me ha gustado. Me ha traído el rumor de unos meses muy felices en los que, entre otras cosas, anudaba, una con otra, la lectura de todos los libros de Marías que me caían en las manos. Asistí a dos conferencias suyas: una en el Instituto de España, sobre el amor, y otra en Murcia, en un ciclo sobre el 98. Buscaba con ahínco un autógrafo suyo en mi ejemplar de La estructura social, pero por esas cosas nimias que de vez en cuando nos suceden me quedé sin él. Cuántas veces me he acordado de la herradura perdida del caballo que desbarató los planes del caballero, que perdió así la batalla y la guerra. El libro de Hidalgo Navarro evoca los amores de Marías: la universidad, los maestros, Lolita, la patria, su credo católico. Me disgusta sin embargo que quien, como el autor, no juzga a los dos amigos que traicionaron al filósofo, sea tan escrupuloso con Gonzalo Fernández de la Mora por sus críticas a Ortega... Yo creo que se le puede perdonar a un joven de 25 años, lector de don José, que le pregunte al maestro: "¿Para cuando su gran obra sobre la razón histórica que todos esperamos?"

Aunque empezamos mal, terminamos amigos Esparza y yo. No está mal su Juicio a Franco (Libros Libres), salvo el título por lo que tiene de reclamo mercantil. Los primeros capítulos son prescindibles, como el epílogo con una conversación con Pío Moa, pero los que dedica a las "figuras" del soldado, el misionero y el desarrollista tienen su interés para interpretar el régimen de Franco. Otro capítulo se dedica a Franco como "centro inmóvil", tal vez las únicas páginas que justifican el título de un libro dedicado, en realidad, al franquismo y a la polémica sobre la memoria histórica.

Bien Mil de mil (Pre-Textos), de A. Trapiello, que todavía no había leído.

Amenas las memorias de guerra de Javier Nagore Yárnoz: Luchábamos sin odio (Áltera). Bien el prólogo de P. Tamburri y mal los dos prólogos de las ediciones anteriores, que el editor no ha incluido y, se diga lo que diga en ellos, se echan de menos. A ratos aparece la guerra fresca y en mangas de camisa, como escrita por un García Serrano aspirante a un puesto de registrador o notario en un pueblo próspero de la Ribera. Aquí y allá, entre pepinazos, chaqueteos y paqueos, salpican la guerra las lecturas de Epicteto, Shakespeare, ¡Remarque! Y la alumbran también, por qué no, la incineración de una completa biblioteca de libros pornográficos ricamente encuadernados. Nagore, que no da más datos, no fue el incendiario, pero hay que agradecerle la estampa.

Tengo que acudir ya a mi cita con Ángel López Amo, y su doctrina de la restauración monárquica. Me pesa pero debo dejar a medias por unos días la Caza Mayor de Aquilino Duque.

jueves, 26 de mayo de 2011

De Gandía a Valencia

"Pierdo mi tiempo y gano mi espacio" es una reflexión de Carl Schmitt que siempre he recordado en mis luengos viajes en autobús: desde las 23 horas del Buenos Aires-Santiago de Chile de diciembre de 2006 (inolvidable el paso de la frontera en los Andes), hasta las 11 horas gastadas hace unos días para alcanzar Pamplona desde Cartagena.

Comparado con el tren, que sigue siendo una democracia con pujos intelectuales y aristocráticos, como hubiese querido ser la II República, el autobús es una democracia populista: chavismo, melting pot y clases pasivas. Pero me gusta viajar en autobús, quiero aclararlo: como solía decir Heidegger para explicar lo suyo, ich komme [auch] aus Bauern!

El sentimiento de pérdida se atenúa en estos viajes con un libro en las manos. El último de los míos ha sido la ocasión para leer Hasta la cumbre, del sacerdote Pablo Domínguez Prieto, y Caudillos y constituciones, del jurista político argentino Alberto González Arzac.

Hasta la cumbre es la predicación de unos ejercicios espirituales para las monjas del monasterio cisterciense de Tulebras (Navarra). Es un libro de esperanza con una dura y hermosa lección para un cristiano. Hay en él dos comentarios profanos en los que me detuve entre Gandía y Valencia. Revelan un carácter.

"No siempre uno cae bien" es el primero. Cada uno tiene su humor. Qué se le va a hacer. Así se retrata el autor cuando describe la estupefacción de una comunidad al preguntarle a la hermana que se preparaba para ir de misión a los Grandes Lagos: "¿Quieres la bendición o la unción?". No creo que fuera un desprecio a la vida como creyeron las religiosas, ni siquiera una humorada; sólo humor, buen humor. La cruz de esta moneda se encuentra páginas arriba, cuando el autor retrata con sencillez el carácter de Julián Marías, a quien conocía personalmente: tenía "poco sentido del humor". "Si le decías una cosa en broma te miraba con extrañeza y más valía andarse con tiento" (p. 79). Yo también le conocía, pero por sus libros, más que por sus memorias, que también leí. El autor de Antropología metafísica, es verdad, siempre me pareció un señor demasiado serio, aunque sin llegar a grave. La densidad de página, que tanto encarecía el filósofo madrileño, incluía también una caracteriología. Vaya.

De Teruel a Monreal del Campo

Gonzalez Arzac es un realista político. No tiene el complejo del liberal. Tampoco el del constitucionalista. En su libro Caudillos y constituciones, que me envía Leopoldo Frenkel desde Mar del Plata, se reivindica la singularidad de la historia constitucional de cada nación. La de Argentina, hasta la imitación del modelo constitucional norteamericano en la carta de 1853 (buen ejemplo de lo que Fernández-Carvajal llamó pseudomorfismo constitucional), es una historia de caudillos provinciales que dan (otorgan) su constitución a la región de la que son carismáticos representantes.

Caudillo, dictador, tirano, fundador, padre de la patria mientan la misma cosa política. Según, naturalmente, las circunstancias. El tirano, lo explicaba muy bien Miglio, no es el déspota del que habla Montesquieu.

Repasa González Arzac el "pensamiento constitucional" de próceres argentinos como Juan Manuel de Rosas, que a mi me parece el más admirable de todos. Pero el asunto da para mucho. Ahí está Idées constitutionnelles du Général De Gaulle, de Jean Louis Debré, un tomazo de 1974 que visité la semana pasada. Por qué no unas Ideas constitucionales del General Franco. A fin de cuentas, como decía Gracián que exclamaba Felipe II al contemplar la efigie de su agüelo Fernando El Católico: A ese se lo debemos todo.

jueves, 28 de abril de 2011

Injertos

Nos han prometido que dentro de un mes terminarán  las reformas de nuestra casa. Las obras han sido la situación de necesidad que nos obligó a trasladar los libros y otros enseres dóméticos a un polígono industrial.

Cuando los guardaba de uno en uno apareció El conde Lucanor, el primer libro que recuerdo haber comprado. La edición, la verdad, era deficiente y más bien disuasoria, pues su letra apelmazada y minúscula invitaba a rehuir el encuentro. Me costó 150 pesetas en la librería del Corte Inglés o lo que entonces yo, que nunca había salido de mi pueblo, suponía que era una librería. Puede ser que lo comprara para olvidarme del susto que pasé examinándome de mecanografía y taquigrafía, disciplinas menestrales hoy decadentes que a mi madre tal vez le parecían la formación óptima para el propietario de una Olivetti Lettera 32. Costaba muy poco en 1981 hacerse un hombre de provecho.

El caso es que, en el trance de separarme medio año de unos libros con tanto gozo y esfuerzo reunidos, el reencuentro con aquel viejo amigo me refrescó las dudas sobre los caminos que nos conducen a unos libros y nos apartan de otros.  Me pregunté también por qué llegamos tan pronto a unos libros, casualidad preñada de consecuencias.

¿Cómo se empieza entonces una biblioteca? ¿Cuando? ¿Para qué? Tal vez a estas preguntas sólo pueden responder aquellos que se ha visto privados de sus libros, voluntariamente o no, pues estos han tenido que empezar de nuevo. También saben algo del asunto quienes embarcan sus libros en el camión de la mudanza, porque en ese momento se dan unas condiciones experimentales perfectamente controlables: ¿con qué libro regresará el lector a su casa después de pagar a los mozos del guardamuebles y pasarse por la librería? ¿Por qué habrá comprado precisamente ese, que será, ceteris paribus, el primero?

El día de la mudanza no comprendí el designio que se esconde detrás de los dos primeros libros que entraron en nuestro domicilio provisional: Luz del mundo, de Benedicto XVI y Alma minha gentil, una antología general de la poesía portuguesa. Apenas empiezo a vislumbrarlo ahora, cuando esos injertos ya han sobrevivido al invierno y prometen tan buenos frutos.

martes, 26 de abril de 2011

La vía del dolor

Resulta que Han-Fei-ze, un noble chino del siglo III antes de Cristo, estuvo tocado de un genio político superior. Su obra, recogida en El Tao del Príncipe, que acabo de recibir en un traducción francesa íntegra, proporciona el catálogo más alucinante de la abyección humana. Dice el traductor y comentarista que a su lado, la Historia universal de la infamia de Borges es una colección de cuentos para niños.

El subtítulo de la edición francesa es "La estrategia de la dominación absoluta". La traducción alemana, más comedida, se queda en un título canónico: El arte del gobierno. Existe una traducción muy breve y parcial al español que no merece la pena, fundamentalmente porque los introductores consiguen darle a este Maquiavelo chino un aire de Peces Barba, venenoso y santurrón, que no tiene nada que ver con aquel entomólogo de la condición política del ser humano.

En el capítulo tercero, "Peligros del discurso", advierte a los consejeros de príncipes de que raramente se encontrará un gobernante que se deje aconsejar. Ni siquiera uno sabio y propicio.

El catálogo de las crueldades sufridas por estos consejeros, sabios pero ingenuos al mismo tiempo, es espantoso. Uno fue asado, otro salado y puesta su carne a secar. A un tercero le arrancaron el corazón. A un cuarto le pusieron a marinar en salmuera. Pero los hubo también vendidos como esclavos, exiliados o arrojados a un río. A algunos se les amputaron los pies y a otros les arrancaron las costillas. Todos vienen identificados por su nombre.

El propio Han-Fei-ze, traicionado por un condiscípulo, fue hecho prisionerio por el príncipe de un reino rival, admirador, por cierto, de su disciplina política, que pretendía aplicar en sus Estados. La vía del dolor, recorrida por todos aquellos en los que alguna vez prendió una chispa de inteligencia política, terminó en el suicidio.

Llegó también, junto al Tao del Príncipe, un ejemplar de Polémiques, de Raymond Aron, en el que hay algunos artículos de interés para mi estudio sobre las religiones seculares. Este es el RA que más me interesa: el de la conversión a la política realista, que empieza en 1932 y culminará durante la II Guerra mundial.

En la librería de un centro comercial me compro Poesía para niños de 4 a 120 años. Lo había tenido en mis manos en otras ocasiones, pero hoy ya no lo he soltado.

lunes, 11 de abril de 2011

El librero de Atila

Regresé de Cartagena a la Ciudad del estudio, idea del saber encarnado sobre la que gira el hermoso libro de Alberto Jiménez Fraud Historia de la Universidad española. Yolanda y yo apenas hemos tenido tiempo de preparar para el traslado algunos enseres domésticos y visitar, el sábado por la tarde, las obras de nuestra casa.

Las estanterías, sencillas, funcionales y abundantes, quedarán bien, estratégicamente distribuidas por toda la casa, pero ante una montaña de escayola y cartón abandonados nos ha golpeado una impresión funesta: parecía que en nuestra ausencia, el salón había servido de marco incomparable para una representación,  en sesión doble diaria, de la caída de Roma, seguida de la orgía de los bárbaros.

Mucho peor de lo que cuentan los periódicos debe estar la construcción cuando Atila y  sus muchachos, los hunos, se alquilan para estos trabajos: la ejecución de "vitrinas", según la terminología del caporal... Se olvida uno a veces de que las representaciones del libro son muchas y curiosas, dependiendo de cada natural o ingenio. La de mi operario, por lo demás, no me parece peor ni más nociva que la de ciertos directores de la Biblioteca Nacional de España.

Si un libro es algo que debe conservarse en "vitrinas", aunque no se lea, incluso si se lee, es que se le tiene por una bella tonta. Tal vez nuestro hombre piensa que el libro es, por vistoso,  lo inútil y superfluo.

O puede ser también, no me atrevería a negarlo, que en el alma del oficial de nuestra obra aliente la vocación de un conservador de museos, archivos y bibliotecas. Si así fuera, nos consolaría saber, después de tantos sinsabores, que un día tuvimos arrendados los servicios del librero de Atila.

jueves, 31 de marzo de 2011

Genio grande, pequeño carácter

GG, factótum e impulsor del Círculo de Estudios Schmittianos de Plettenberg, me envió hace dos meses los Tagebücher 1930 bis 1934 de Carl Schmitt, edición de Wolfgang Schuller y del mismo GG para Akademie Verlag, Berlín 2010. Más de quinientas páginas, exhaustivamente documentadas y justificadas, con los diarios redactados por el jurista alemán entre el primero de enero de 1930, miércoles, hasta el 31 de agosto de 1934, miércoles.

La dificultad que han tenido que salvar los editores no era despreciable, pues las notaciones de Schmitt están hechas en el método estenográfico de F. X. Gabelsberg (muerto en 1849), caído en desuso. Por eso, el mérito del transcriptor e intérprete, Hans Gebhardt, es enorme, impagable.

El parisino Raymond Aron (RA), todo el orgullo de la Francia en un sólo escritor, no había querido homenajear a CS en la Festgabe que le ofrecieron sus amigos y discípulos con motivo de su octogésimo aniversario (Epirrhosis, D & H, Berlín 1968). Se lo desaconsejaba su sentido de la oportunidad. Esto pesó más que la amistosa mediación entre el francés y el alemán de Julien Freund, discípulo y amigo de ambos. Cuando quiso hacerlo, años después, ya era tarde o no tuvo tiempo.

RA describe fríamente a CS en sus Mémoires. 50 ans de réflexion politique (Julliard, París 1983): Grand esprit, petit caractère. Tiene mérito RA, que no conocía los diarios del Viejo de Plettenberg (paseos, insomnios, coitos, libaciones y afán de notoriedad de quien, por otro lado, se sabía intelectualmente muy superior).


miércoles, 30 de marzo de 2011

Razón Española 166

Recibo el nuevo número de Razón Española (RE) en Cartagena. Lo abren las cartas de Vizcaíno Casas y De la Mora, de las que me quedo con la preocupación de D. Gonzalo por la difusión de su revista, lo que más tiempo le quitó cuando este empieza a escasear en cualquier biografía. El escritor y el filósofo político se escriben sobre unos ejemplares de RE regalados a la Universidad mexicana de Guadalajara.

De Vizacaíno, el 20 de abril del 92: "...aunque, efectivamente (y me consta de ciencia propia) los mexicanos no destacan por su cariño hacia nosotros, estas gentes de Guadalajara constituyen una gozosa excepción, y de ahi mi interés por acercanos a ellos..."

Lo cierran seis o siete reseñas sobre los libros y los autores de siempre, que ya no suelo leer. Pero hago una excepción con la excepción: lo que escribe AM sobre la Caza mayor, la nueva y creo que grande novela de Aquilino Duque.

Interesante: una buena recesión de PCGC sobre el libro de José Alsina Calvés, Pedro Laín Entralgo. El político, el pensador, el científico (ENR 2010), que puede leerse también en el Catoblepas de julio de 2010.

A mi, la de Laín, con todas sus debilidades, incluida la fagocitación y explotación de su nombre por el sector leído del socialismo, propiciadas por él mismo, me parece una trayectoria presentable. Julián Marías, saliendo al quite como un ángel de la guarda, decía al poco de publicarse el Descargo de conciencia, que la de su amigo era no sólo presentable, sino "una de las más presentables" que había conocido. Matices al margen,  me molestan mucho de un tiempo a esta parte los juicios morales sumarios. Creo que se busca en ellos una coartada para activar el odio. Y eso es incompatible con la Verdad, incluso con la "verdad histórica", relato más modesto con el que apenas tiene el hombre para ir tirando hasta que el Cordero tire de la manta.

PC, en otras témporas buen amigo, escribe: "En Descargo de conciencia, lo peor, con ser malo y mucho, no son sus palinodias, a menudo grotescas, sino la ridiculización y la censura de un istema político, al que el autor contribuyó a dar lustre intelectual". Pasaje, entre otros, que me recuerda la opinión de AT en Las armas y las letras, cuando describe, supongo que no por ciencia propia, el abrazo de Laín al cadáver de Ridruejo. El médico nacido en Urrea de Gaén le robaba su legitimidad democrática al poeta de los sonetos a la piedra. Algo así dice AT, a quien excede por cierto PC cuando recomienda al premuerto Laín hacerse cartujo o pegarse un tiro.

Pero también leo lo que sigue, que vale por todos los editoriales de las últimas semanas de La Gaceta y periódicos ad similia:

"Decididamente, en la España de hoy es la democracia, no el patriotismo, el último recurso de los canallas" (p. 215).

jueves, 24 de marzo de 2011

Calvo Serer en su isla (de Siltolá)

En la librería que flanquea, por la izquierda, la Biblioteca de la Universidad de Navarra -con su minuciosa y dorsiana ordenación de los saberes, coronada por la Teología-, encuentro, de Onésimo Díaz y Fernando de Meer, Rafael Calvo Serer. La búsqueda de la libertad (1945-1988), con un vasto Estudio introductorio de quien fuera su colaborador en años, Antonio Fontán. Hace apenas unos meses que lo editó Rialp. 

Magnífico complemento de un libro anterior de Onésimo Díaz, Rafael Calvo Serer y el grupo Arbor, del 2008, que todavía no he leído.

Apabulla la capacidad de trabajo de este hombre, Calvo, sus dotes de organizador cultural (una revista, Arbor; una colección de primer orden en la jerarquía cultural española del siglo pasado, Biblioteca del pensamiento actual; un periódico, Madrid). Como Ortega en los años 20. Pero ensombrece el ánimo su caída política (el fracaso de la "Tercera fuerza") y su falta de realismo. Esto último, siendo motivo de hondas y melancólicas meditaciones, resulta imperdonable en un hombre de acción.

Consideración aparte merece el patetismo de su exilio en un hotel de París en los años 70, con ropas, maletas y trastos amontonados, en caos muy parecido, tal vez, al de sus ideas. Ahí quedan, como un testimonio indiscreto y revelador, las fotos que los periodistas  José Martí Gómez y Josep Ramoneda encartaron en El exilio y el Reino, de 1976.

¿Me pregunto, por cierto, qué se la había perdido a Calvo en los aquelarres eurocomunistas del Marqués de Paracuellos del Jarama, Grande de la España Negra?

Leo que en sus útlimos años Calvo se sintió profundamente interpelado por el magisterio de Juan Pablo II.

Me llevo también Memoria del paraíso, de la ecuatoriana Corina Dávalos. Un breve poemario, el primero de los suyos, que me animo a comprar por algunos haikus y poemas que sobreleo, por una dedicatoria ("A Enrique G.-M.") y por su esmerada edición a cargo de Los Papeles del sitio, es decir. A. F.

Es el título décimo primero de Siltolá poesía, de la Isla de Siltolá.