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lunes, 19 de marzo de 2012

Los peligros del discurso

Quien escribe se proscribe. He aquí otra regla de la prudencia política, en este caso consejo de consejeros, más que de príncipes.

Quienes escriben con olímpica superioridad sobre los errores y la inmoralidad de los colaboracionistas son unos miserables que viven de explotar la culpa de los otros.

El maestro Han Fei, que caminó por la vía del dolor en el siglo III antes de Cristo, conocía los "peligros del discurso", capítulo tercero del libro I de El Tao del Príncipe, título de la traducción francesa (El arte de la gobernación en la alemana, y el El arte de la política en la española, en donde al correlindes de Han Fei le presentan como un anacrónico defensor del imperio de la ley y el Estado de derecho).

El avisado Han Fei, que sabía que ni el más sabio de los príncipes se deja aconsejar francamente, tenía noticias de un marqués de Yi, que fue asado; del consejero Kouei, salado y puesto a secar; del noble Pi-kan, a quien le arrancaron el corazón; y del desventurado Mei Po, marinado en salmuera.

Qué parco provecho sacó Han Fei de sus meditaciones. Enviado por un príncipe de la dinastía Han a parlamentar con su enemigo, un príncipe del reino rival de Ts'in, admirador este último de su obra, fue denunciado por agente doble. Encarcelado, fue obligado a suicidarse.

El historiador de los Han, al escribir la biografía de Han Fei se sorprende de que el autor de los advertidos pasajes de "Peligros del discurso" no hubiese sido capaz de ponerse a salvo en la tribulación. Curiosamente, tampoco sirvieron de mucho sus lecturas al historiador de marras, Se-ma Ts'ien, condenado por su emperador a la pena de castración por su vibrante alegato a favor de un general vencido y pasado al enemigo

La biografía, género político

No conozco biografía más pulcra y concisa que la redactada en la lápida del enterramiento de Don Jerónimo de Roda. En lo que dice (relaciones familiares, servicios a la Corona en Flandes, vida Universitaria en Salamanca) y en lo que no cuenta ("furia española", sacco de Amberes) se reconoce al turbulento y arrogante político murciano.

Me he acordado del De Roda al leer en la contraportada de El hombre, animal político, de Francisco Javier Conde, mi biografía política apocopada del jurista nacido en Burgos. Le deben sobrar, no obstante, la mitad de caracteres para acercarse a su modelo:

Francisco Javier Conde (Burgos 1908 - Bonn 1975), discípulo y traductor de Hermann Heller y Carl Schmitt, catedrático de Derecho político, Director del Instituto de Estudios Políticos y Embajador de España, ha sido uno de los grandes juristas de Estado europeos del siglo XX. Una parte sustancial de su obra jurídico-política ha sabido encuadrar conceptualmente la II República, la Guerra civil y la primera década de la dictadura de Franco recurriendo a las categorías de sus maestros alemanes. Francisco Javier Conde, que provenía de la izquierda, como otros intelectuales coetáneos (los juristas del 27), se convirtió, sobre todo a partir de 1942, en el capitán de la Escuela española de Derecho político (1935-1969), grupo intelectual llamado a dar forma de Estado a la nación y reconducir las situaciones de emergencia por las que había venido atravesando España desde 1931.

jueves, 9 de junio de 2011

De un exordio a otro

Hace unos días terminé el estudio introductorio que acompañará una nueva edición, la tercera (o cuarta si se cuenta también la reimpresión de la primera), del precioso discurso El hombre, animal político, de Javier Conde ("F. J. Conde" en el corrosivo y cianótico capítulo 1 de La fea burguesía, de M. E.) Antes de volver a la faena, bella ma incomoda, como la guerra, hice acopio de un puñado de libros en Gómez y Troa. 

Uno de R. Alvira sobre la familia, El lugar al que se vuelve (Rialp). Leerlo es oír hablar y discurrir a su autor -lo que raramente me sucede con un libro. 

Otro de R. Hidalgo Navarro sobre Julian Marías. Retrato de un filósofo enamorado (Rialp). También me ha gustado. Me ha traído el rumor de unos meses muy felices en los que, entre otras cosas, anudaba, una con otra, la lectura de todos los libros de Marías que me caían en las manos. Asistí a dos conferencias suyas: una en el Instituto de España, sobre el amor, y otra en Murcia, en un ciclo sobre el 98. Buscaba con ahínco un autógrafo suyo en mi ejemplar de La estructura social, pero por esas cosas nimias que de vez en cuando nos suceden me quedé sin él. Cuántas veces me he acordado de la herradura perdida del caballo que desbarató los planes del caballero, que perdió así la batalla y la guerra. El libro de Hidalgo Navarro evoca los amores de Marías: la universidad, los maestros, Lolita, la patria, su credo católico. Me disgusta sin embargo que quien, como el autor, no juzga a los dos amigos que traicionaron al filósofo, sea tan escrupuloso con Gonzalo Fernández de la Mora por sus críticas a Ortega... Yo creo que se le puede perdonar a un joven de 25 años, lector de don José, que le pregunte al maestro: "¿Para cuando su gran obra sobre la razón histórica que todos esperamos?"

Aunque empezamos mal, terminamos amigos Esparza y yo. No está mal su Juicio a Franco (Libros Libres), salvo el título por lo que tiene de reclamo mercantil. Los primeros capítulos son prescindibles, como el epílogo con una conversación con Pío Moa, pero los que dedica a las "figuras" del soldado, el misionero y el desarrollista tienen su interés para interpretar el régimen de Franco. Otro capítulo se dedica a Franco como "centro inmóvil", tal vez las únicas páginas que justifican el título de un libro dedicado, en realidad, al franquismo y a la polémica sobre la memoria histórica.

Bien Mil de mil (Pre-Textos), de A. Trapiello, que todavía no había leído.

Amenas las memorias de guerra de Javier Nagore Yárnoz: Luchábamos sin odio (Áltera). Bien el prólogo de P. Tamburri y mal los dos prólogos de las ediciones anteriores, que el editor no ha incluido y, se diga lo que diga en ellos, se echan de menos. A ratos aparece la guerra fresca y en mangas de camisa, como escrita por un García Serrano aspirante a un puesto de registrador o notario en un pueblo próspero de la Ribera. Aquí y allá, entre pepinazos, chaqueteos y paqueos, salpican la guerra las lecturas de Epicteto, Shakespeare, ¡Remarque! Y la alumbran también, por qué no, la incineración de una completa biblioteca de libros pornográficos ricamente encuadernados. Nagore, que no da más datos, no fue el incendiario, pero hay que agradecerle la estampa.

Tengo que acudir ya a mi cita con Ángel López Amo, y su doctrina de la restauración monárquica. Me pesa pero debo dejar a medias por unos días la Caza Mayor de Aquilino Duque.

viernes, 25 de marzo de 2011

A Georg Simmel

Acaba de publicar Sequitur un pequeño volumen que recoge el capítulo sobre el pobre de los Estudios sobre las formas de socialización, del filósofo y sociólogo alemán Georg Simmel. Se trata de la vieja traducción de José Ramón Pérez Bances publicada por la editorial de Ortega entre 1926 y 1927, ahora corregida  o tal vez modernizada, no estoy seguro, por Javier Eraso Ceballos. 

Viene precedida por una breve introducción mía: "Georg Simmel y la sociología de la exclusión", en la que se apunta una clave de lectura simmeliana, complementaria de las sugeridas por Michael Landmann (ley individual) o Julien Freund (diléctica asociación-disociación): el dualismo exclusión-inclusión. A fin de cuentas, ser pobre es una forma de socialización como otra cualquiera (contribuyente, extranjero, etc.) en la que, como sostenía Simmel, el estar-fuera es expresión de un concreto estar dentro.

Con sumo cuidado he dejado enterrado en estas páginas, como quien guarda un tesoro, el arcaísmo "flúido". Cuando repaso mi ejemplar me parece que brilla en él como una moneda de oro.