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martes, 16 de octubre de 2012

La libertad que nace de la tierra

Este será el título de mi contribución a la reunión schmittiana de Uberlândia. La inspiración o más bien su sugestión me viene del precioso Welt großartigster Spannung, de 1954, en el que Schmitt arranca así: 

Un día del verano de 1940 que la lluvia echó a perder mi hija de 10 años quiso que le contara algo...

Al final de esta preciosa glosa, en la que Schmitt confiesa, con la ingenuidad de un niño, que entonces "de improviso, me di cuenta del mar, al que siempre había sido ajeno", hay una cita del poeta triestino Theodor Däubler:


No por casualidad, Schmitt, debelador de las razones secretas de la talasocracia inglesa, busca consuelo en su poeta, enterrado en las arenas de la marca de Brandenburgo: "El oceáno es libre, pero más libres aún son las fuentes" que manan del interior de la tierra. La libertad político no es patrimonio del pueblo inglés; tampoco de las potencias marítimas (Atenas contra Esparta). La libertad del hombre es patrimonio de la tierra, desde cuyas profundidades irradia la vida de su hijo, el hombre.

¿Qué pensaría Schmitt del fantástico A Song in Storm de Rudyard Kipling? En los dos primeros versos está todo el epos oceánida del pueblo de las islas:

Be well assured that on our side           Sabed que los océnos eternos
The abiding oceans fight              están de nuestra parte [trad. Benítez Ariza.]

En un soneto de Basterra encuentro también, rebuscando hoy aquí y allá, antes de que Julia despierte, el epos telúrico de nuestro pueblo peninsular, temeroso del océano:

Surcando el campo vi la mar fulgente
en el ancho horizonte en el que fina
nuestra existencia térrea y la marina
comienza, inmensa y misteriosamente.

viernes, 10 de agosto de 2012

Chesterton crítico del maritenismo

Chesterton murió en 1936. Ese mismo año publicó Maritain su Humanisme intégral, puesta a punto de las seis lecciones que pronunció en agosto de 1934 en la Universidad Internacional de Verano de Santander, publicadas asimismo en la eidtorial Signo en 1935. No sé ni veo, hoy al menos, modo de saberlo, si Chesterton leyó a Maritain; no Humanisme intégral, pero tal vez Religion et culture, Du régime temporel et de la liberté o Primauté du spirituel. Se lo tendría que preguntar al traductor de La cosa y otros artículos de fe (Espuela de Plata 2010).

De lo que no necesito confirmación es de la notable refutación avant la lettre del maritenismo (no sé si en la misma medida, debo recalcarlo, de Maritain) que se puede leer en el primero de los pasajes que Chesterton le dedica las "religiones fósiles" en el artículo "Mis seis conversiones", recogido por EG-M precisamente en La cosa.

Las "religiones fósiles", escribe Chesterton refiriéndose mayormente a las confesiones protestantes, no son, como los fósiles, animales muerto o podridos, sino una forma orgánica de la que ha desaparecido toda sustancia vital. Una sustancia de la que han desaparecido todos sus accidentes: "este tal vez sea el mejor símil que podemos encontrar para la verdad acerca de las nuevas religiones" (p. 77). Lo había dicho San Agustín, citado por Gregorio XVI en Mirabi vos: "no pierde su sustancia el sarmiento cuando está separado de la vida, pero ¿de qué le sirve si no vive de la raíz?".

Creo que en este punto se entenderá mejor el puyazo de Chesterton (me temo que dardo, menos castizo, es decir poco) al vagoroso maritenismo postconciliar: "La parte teológica y teórica de su obra se secó con extraordinaria rapidez, y con la misma rapidez el vacío que quedó se llenó de otras cosas. Qué cosas eran está muy claro en muchos casos".

domingo, 5 de agosto de 2012

La cachaza de Waldemar Gurian

El politólogo de origen ruso Waldemar Gurian murió el 26 de mayo de 1954. Al año siguiente, en el número de enero de su revista, The Review of Politics, se le dedicó un sentido homenaje.

Hannah Arendt le definió allí como un hombre de muchos amigos que supo ser amigo de todos, sin distinguir entre hombres y mujeres, laicos y clérigos, modo de vida, condición social o nacionalidad. Sabiendo cercana su hora viajó a Europa para despedirse de ellos. 

Tal vez se le pasó por la cabeza en ese viaje visitar a su viejo maestro, a quien muy poco antes, en mayo del 51, habían permitido las autoridades francesas salir de Alemania y viajar a la España de Franco (sobre la que ofreció una notable conferencia de la que se habla poco y en la que en parte discierne el secreto de la autoridad de Franco).

Pero reconciliarse con él y acabar con el incendio que él mismo provocó, "La leyenda de Carl Schmitt", era demasiado, incluso para una persona tan amistosa como él. 

P. S. ¿Alguien que no sea Alain de Benoist se atrevería en Francia a pedirle a Zarka que abandonara su miserable modo de explotación de los pecados del prójimo?

sábado, 4 de agosto de 2012

Maritain y las dictaduras católicas

A Maritain no le austaba la "democracia orgánica". Tal vez le escuchó el término a Fernando de los Ríos, o a alguno de sus discípulos, en agosto del 34 en Santander. La "orgánica" le parecía la verdadera democracia personalista, comunitaria y pluralista, a la sazón parasitada por Rousseau y Proudhon. El modo de la autoridad en ella practicado no era partenalista ni burocrático, sino de compagnonage. Aunque no se sepa muy bien, la verdad, que quería decir Maritain con ese término, para mí evocador de la camaradería de los Compagnons de la Libération, incluso de la masonería.

El gran error de las democracias de la postguerra era, según Maritain, el sufragio personal inorgánico, aliado demoníaco del "caballo de Troya de la representación proporcional". Muy superiores juzgaba las virtudes del sufragio corporativo, aunque el debate sobre esta y otras cuestiones anejas se falseó en la Europa de los años 30: en una atmósfera de amenaza, en los regímenes demoliberales inorgánicos bastaba con calificar de fascista o comunista una reforma para hacerla imposible. Es lo que sucedió en España en 1931 con la segunda cámara de representación orgánica anhelada por el krausofascista a su pesar Adolfo Posada, icono del constitucionalismo de izquierdas. O más tarde, en el franquismo, con las "asociaciones políticas".

Maritain era también enemigo de la partitocracia y partidario del presidencialismo, única organización del poder ejecutivo capaz de hacer "al Estado y al gobierno independientes de los partidos políticos".

El paisano del Garona, simpatizaba con el tipo de "dictadura católica" personalizada por Salazar en Portugal, que cuidadosamente distinguía del autoritarismo de Dollfuβ. Al General Franco le colocaba en otro plano: en el de lo detestable. Le aplicaba el artículo de la cerrrazón francesa para el catolicismo y la política españolas. Como Aron, quien aun reconociendo su error de juicio en 1936 sobre la legalidad de la República y la ilegitimidad de la sublevación, se resistía, en Démocratie et totalitarisme, a incluir la dictadura constituyente de desarrollo de Franco entre los regímenes "despolitizadores".

lunes, 4 de junio de 2012

Azoriniana

Antonio Maura, un gran talento político desaprovechado por sus compratiotas, tan pródigos en todo aquello que toca al bien público, llegó a ser un hombre perseguido por todos: la Corte, la prensa y los politicantes. La España oficial decretó contra él el famoso Maura no.

Hombres como él marchan siempre solos por España. En las memorias de su ministro De la Cierva hay algún pasaje estremecedor de soledades: la jornada nocturna, por carreteras de polvo (todavía quedada remoto el Plan de firmes especiales de Primo de Rivera), desde Madrid al Balneario de Fortuna, De la Ciera y Maura. El coche en el viajan para tomar las aguas en la Murcia remota es como una mariposa votiva en el alféizar de una España a oscuras.

Unos meses antes, Martínez Ruiz, víctima de unas fiebres (o eso quiere él dar a entender desde su San Casciano de la montaña alicantina), entretuvo sus ocios escribiéndo un Espejo de príncipes: El político, uno de los últimos del género en español. El librito está lleno de agudezas y psicología política. También de filosofía (la política es vida y la vida es fuerza) y antropología (el maquiavelismo es la propia condición humana). Más que un libro de horas para Maura, la voluntad de la fallida revolución desde arriba, era el escaparate en el que la España capaz de leer debía contemplar las virtudes del hombre a quien nunca dejó de gobernar la otra España, la que patea.

Sin embargo, por lo que se colige de sus explicaciones preliminares, unas pocas líneas, Martínez Ruiz debió ser consciente de que no le había salido un nuevo Antimaquiavelo, sino un libro de Azorín, otro libro de Azorín. Y no le quedaba más remedio, aplicándose sus propias recetas, que encarecer lo conseguido: "He procurado ser breve, preciso y claro". Qué requintado sentido del humor: una advertencia como esa en un escritor como él, todo precisión y líneas claras.

viernes, 1 de junio de 2012

De Gaulle, ese hombre

A de Gaulle le entusiasmaba la gesta del Alcázar de Toledo, que le contaba con gran detalle a su hijo. Al General de Gaulle le caía bien el General Franco. A de Gaulle no le hacía falta disimular delante de los políticos de La Garce (o sus sucesores de la IV República) que se sabía representante de Francia, como Juana de Arco, Hugo Capeto y la serie de los Luises. Toute ma vie, je me suis fait une certaine idée de la France, escribe en el arranque de sus memorias de guerra (L'Appel 1940-1942). Creo que lo lapidario es ahí calculadamente ambiguo. De Gaulle, dictador pro témpore de la República o Presidente, tanto monta, nunca permitió que se ejecutara una mujer condenada por colaboracionismo, pues hay en ella, en ellas, en todas, como le decía a su colaborador, el leal Alain Peyrefitte, algo de sagrado. (Consintió otras ejecuciones, mis queridos amigos de la Tradición, que son la vergüenza de Francia).

Parece que de Gaulle tenía unas ideas que hoy llamaríamos anticuadas o reaccionarias, de Páter de aldea. Como los viejos curas de pueblo que tenían ganada su batalla, pensaba en siglos, no en legislaturas. 

Cuando la mayor parte de su gobierno, que había reformado el régimen matrimonial del Código civil de Napoléon en la primavera de 1965, estaba de acuerdo con la legalización de la píldora contraceptiva para reaccionar contra la campaña presidencial de Miterrand en el otoño, el General zanjó el asunto: "Mi gobierno nunca depositará un proyecto de ley para legalizar la píldora". Peyrefitte anotó sus palabras en tomo II de C'était de Gaulle (Fallois / Fayard 1994): "La pildora atenta contra lo más preciado en la mujer, su fecundidad. Si toleramos la píldora, tragaremos después con todo". Peyrefitte recordó entonces la "plegaria" de Anatole France a la Virgen: "Vous qui avez conçu sans pécher, permettez-moi de pécher sans concevoir", pero el horno no estaba para bollos y se la calló. De Gaulle había meditado sobre las consecuencias últimas de una autorización semejante: "¿Pretende usted que yo acepte que la población francesa decline en lugar de crecer? ¿Que nuestra raza desaparezca en un siglo o dos? Los nacimientos que aseguran el mantenimiento de nuestra población e incluso, después de la guerra, un crecimiento sensible de la misma se deben a embarazos no deseados. Tal vez no eran esperados, pero una vez anunciados, cómo no, eran bien acogidos".

A mi me cae bien este de Gaulle natalista, épico y católico. Solón en 1958. Dueño de la llave de los arcana republicae, su artículo 16. Era, además, un consumado escritor.

domingo, 15 de abril de 2012

Rapanui

Mañana, en la Universidad Pontificia Comillas, continúa el diálogo con sus discípulos del profesor Dalmacio Negro. Encuentros sobre ismos y política es el título para disimular lo evidente: el homenaje académico al maestro y amigo. Hasta la fecha han intervenido Consuelo Martínez-Sicluna, Elio Gallego, Miguel Ayuso, Pedro Gago y Paloma de la Nuez. Se han programado para el final las ponencias de Carmelo Jiménez, Luis Bueno, la mía y (dentro de una semana) la de Armando Zerlo.

Tengo que hablar del realismo político, saltando desde Kautilya hasta Raymond Aron. Al salir a la calle y doblar la esquina de unos pasajes sobre "Cristianismo y descivilización en Europa", comentarios a un libro del profesor Negro publicados en 2006 en Ius Publicum, de la Universidad Santo Tomás de Chile, me encuentro con una meditación sobre los "Rapanui, pueblo que mira al continente". El autor, "profesor de cultura rapanui en la Academia Diplomática Andrés Bello", relata el abandono de la Isla de Pascua, despreciada por los colonialistas franceses mientras veía diezmada su población por las enfermedades y las incursiones esclavistas y piratas. Precisa también en qué condiciones el Obispo de Tahití intimó a las autoridades francesas a declarar el protectorado sobre la isla y, ante el silencio de estas, a la República de Chile.

El 9 de septiembre de 1888 el marino chileno Policarpo Toro firmó con los representantes investidos por el consejo de los Rapanui el acuerdo de cesión de la isla, en lengua española y rapanui. En el documento de cesión, siendo breve, hay una cláusula general muy literaria:

Hemos acordado escribir lo superficial. Lo de abajo, el territorio, no se escribe aquí.

Esa agudeza filosófica explica por si misma la supervivencia de un pueblo que poseía un refinado sentido de la interioridad.

El "profesor de cultura rapanui" señala algo maravilloso sobre las consecuencias del extremo aislamiento insular del pueblo de los moai. A cuatromil kilómetros del continente americano:

su retorno a la Edad de Piedra se ahonda al quedar desvinculados de los demás grupos humanos y no poseer otra fuente de renovacón cultural que la naturaleza volcánica de su isla, el océano, las estrellas y su propia interioridad.

Así, de pronto, no me parece poca cosa: volcanes, océanos y estrellas en un alma que parece kantiana.

sábado, 14 de abril de 2012

El inri de Alejandro

Alejandro el Grande, con enormes dificultades, conquistó la India. Más bien una parte de ella. Fundó seis satrapías: tres al este del Indo, entregadas a la administración de sendos virreyes indios, y tres al oeste, gobernadas por griegos (Peitón, Nicanor y Oxyartes, cuñado de Alejandro). Aquella grandiosa aventura de finales del siglo IV antes de Cristo alimentó el relato de los historiadores favorables a la causa griega. La muerte de Alejandro en el 323 a. C. y el colapso del imperio le coronaron como la primera gran leyenda política de Occidente. Las docenas de repúblicas y monarquías indias, al menos en las fuentes griegas y romanas, no son sino objetos de la primera política universal.

De Bucéfalo sabemos que murió en la batalla contra el rey Poro, mientras le curaban una heridas. Le dolió tanto su muerte a Alejandro que edificó una ciudad para ponerle su nombre: Bucefalia. Murió también por entonces Perita, su fiel perro, y cuenta Plutarco que por eso fundó Alejandro una ciudad con su nombre. Mucho menos se sabe de Sandrocoto por fuentes grecolatinas. Plutarco cuenta que el primer emperador de la India "vio a Alejandro en persona" siendo un muchacho.

Pero donde las dan las toman.

Chandragupta, el unificador de la India, fue instruido por Kautilya, quien le internó durante ocho años en la famosa escuela de Taxila, consagrada a la formación filosófica y militar de los hijos de las castas superiores (Kasatriyas y Brahmanes), venidos de toda la India. En Taxila, un día del 326 a. C., Chandragupta, que contaba 15 años, estuvo cerca de Alejandro. En los anales de la dinastía Maurya, particularmente en los pasajes dedicados a la unificación de la India y a la liberación del yugo griego, El Gran Alejandro se convierte en Alikasudara. En la literatura sánscrita únicamente se le menciona una vez: Alasa-Chandakosa.

El Magno, el Enorme Alejandro hizo retroceder la línea del horizonte que se divisaba desde los puertos griegos. Se casó con Roxana por amor. Y en Persia se hizo traducir el epitafio de Ciro El Grande: Amigo, quienquiera que seas y vengas de donde vengas, porque sé que vendrás, yo soy Ciro, el que adquirió para los persas su imperio. No me envidies por este poco de tierra que recubre mi cuerpo. Pero la literatura india tradicional ignora absolutamente al conquistador. Cuando le recuerda, it was only in the form of a bogey called Skanda, used to frighten naughty children.

jueves, 5 de abril de 2012

El humilde cauchil (poética de NPS)

NPS leía a Eugenio d'Ors, a Gregorio Marañón y a Ortega y Gasset. Juan Valera, Leopoldo Alas, Ganivet. Le interesaba Pedro Antonio de Alarcón. Gómez de la Serna, "cuyo nombre preclaro no necesita de adjetivos encomiásticos". Le entusiasmaban las novelas (y el teatro) con trasfondo forense. Casi toda la novela española de la postguerra le parecía deprimente: no la cambiaba por Peñas arriba, Pepita Jiménez La Hermana San Sulpicio, "obras alentadoras y optimistas". Entre los extranjeros admiraba a Walter Scott y ciertas novelas de Charles Dickens, en lo que se le notaba a Don Nicolás que tenía algo de los Gentelmen de antes de la Gran Guerra. Wilde y Proust tenían un "fondo nauseabundo y deletéreo" que no podía sufrir.

El constitucionalista ceutí tenía también sus poetas manibus: JRJ, inspirador de su personalísmo género divagatorio, los vilanos, y sobre todos, el silvano extremeño Gabriel y Galán, con su "olor sano a romero, tomillo, cantueso, salvia y mejorana".

Y una poética, calcada sobre el canon del "poeta grande y sano que se llamó Gabriel y Galán", fundada sobre dos preceptos:

Primero. Hay una poesía de campo y otra de clínica o sanatorio, con tufo de iodoformo o de éter.

Segundo. La inspiración poética es a veces tímida y parca [...]: el humilde escape de un cauchil mal ajustado.

Gabriel Miró y los escritores políticos

En el último número de Razón Española, el 172 (marzo-abril 2012), homenaje a Gonzalo Fernández de la Mora en el X aniversario de su muerte, hace Dalmacio Negro este apunte:

En la nómina de pensadores realistas (españoles del siglo XX), gente muy culta y al tanto del estado del pensamiento político, habría que incluir a Javier Conde y su discípulo Jesús Fueyo [...] Una característica común es que casi todos eran excelentes escritores.

Mucho le debe el pulcro estilo de Fernández de la Mora (brillante estilo literario) a Gabriel Miró. Lo mismo sucede con Pérez Serrano, deudor también de la claridad levantina de Miró y el primoroso decoro de Azorín. Don Nicolás, en el trance y "tentación de no volver a escribir en castellano", encarecía una "solución sencilla, barata y aquietante":

leer los trabajos de nuestro inmortales. 

martes, 3 de abril de 2012

Los caracteres

El susceptible tiene psicología de rehén. Vive sometido al post hoc, ergo propter hoc, sofisma que justifica su sinvivir.

jueves, 29 de marzo de 2012

Ceno y desayuno con Don Diego

Subido a hombros de Saavedra Fajardo y con el pen-drive cargado de los mejores emblemas de sus Empresas políticas intervine en la sesión sabatina de un curso para la formación de líderes locales. Aunque siempre tengo un ojo encima de todo lo saavedriano, repasar las empresas del príncipe cristiano, las soberbias Fama nocet, Subir o bajar y tantas otras, me ha valido el delicioso convite de volver a las páginas que Don Diego, en su gran obra publicada por primera vez en 1640, dirige "Al lector".

Ni una coma le sobra al extraordinario envío que así arranca:

En la trabajosa ociosidad de mis continuos viajes por Alemania y por otras provincias pensé en esas cien Empresas, que forman la Idea de un Príncipe Político-Cristiano, escribiendo en las posadas lo que había discurrido entre mi por el camino.

Más de treinta años al servicio de la monarquía. Nápoles, Roma, Suiza, Mónaco de Baviera, Franco-condado de Borgoña y, al fin, Münster, en donde se agotaron, frisando ya en los sesenta años, sus últimas esperanzas en una pacificación del Imperio que salvara del desastre a la monarquía española. En esa circunstancia, por otro lado tan adecuada para los lances literarios, le recordaba José María de Areilza en un artículo que publicó en el ABC del 2 de septiembre de 1969: "Europa loca". La segunda oportunidad concedida a ese pasaje se puede encontrar también en Cien artículos, una antología en las Ediciones de la Revista de Occidente (1971). Lo apunto porque esa evocación de las amenidades del viejo Saavedra, como la de Rodrigo Fernández-Cavajal en otra ocasión, resulta un juguete muy grato.

Saavedra, bien conocido por los europeos cultos de su tiempo, debió llamar la atención de sus interlocutores, los otros negociadores de la paz de Westfalia: franceses, holandeses, suecos, bávaros. Sabiéndose derrotado antes de empezar la partida, en la que fue cuestionada incluso la validez de su plenipotencia, se entretuvo redactando la Corona gótica, un alegato a favor de la remota comunidad de intereses entre el Rey de las Españas, depositario de la herencia de los godos, y la realeza sueca, que Saavedra emparenta con los germanos romanizados que invadieron Hispania y establecieron su capital en Toledo.

También en Corona gótica se descubre el más personal designio del probo funcionario de la corona, nunca premiado con arreglo a sus méritos. ¿O pasaremos por alto que destacando tantos por muy parcos servicios, el severo diplomático únicamente recibirá el hábito de Santiago y un sillón en el Consejo de Indias? Con esas patentes y algún que otro tósigo para colocar a su sobrino esperó los ultrajes de la muerte en el retiro de su celda conventual de los Agustinos Recoletos.

Nada angustiaba más a Saavedra Fajardo que la malversación de sus noticias sobre la condición humana en general y la política en particular, atesoradas en sus expuestos viajes por Europa. Por eso confiesa que "no querría que se perdiesen conmigo las experiencias adquiridas en treinta y cuatro años".

lunes, 26 de marzo de 2012

La falsa paradoja del examen

Decía Pérez Serrano, dueño de una prosa ática, orden dórico -pues jónico era el de Fernández de la Mora y más bien corintio el orteguiano-, que "el examen es un acto contrario a la naturaleza". La demostración no parece difícil, pues lo natural es que quien no sabe una cosa la pregunte a quien la sepa, pero cuando de exámenes se trata es quien sabe una cosa el que la pregunta al inesciente. Visto así, no se me ocurre quién podrá salvar la denostada institución académica, por mucho que lo que ahora se llaman pruebas de competencia no se parezcan en nada a la temible "prueba sorbónica", trance interrogatorio en la universidad de París que nunca duraba menos de 10 horas.

Antes de rendirme a lo que parece tan evidente llega en mi auxlio, como en otros lances homólogos, Álvaro d'Ors. Su argumento es ya definitivo. No sólo porque en la práctica el examen viene a ser como "el tapón que impide que se pierda el preciado licor de la docencia". Todavía más sencillo. Se trata de un escolio de la teoría dorsiana de la auctoritas: el profesor pregunta porque puede, tiene potestas. Y esta potestad la tiene no por se funcionario o porque le proteja o, en su caso, le desampare el Código penal, sino porque antes, durante el curso, ha sabido dar respuestas: el profesor responde porque sabe, porque, en suma, tiene auctoritas.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Equivalencias

Economistas, individualistas tontos [que tanto abundan en España].
Por cuenta y responsabiliad de Don Marcelino Menéndez Pelayo (correspondencia con Clarín).

Hoy, en el sentido original de los términos y mutatis mutandis, igualmente podría añadirse a la de Don Marcelino esta otra equivalencia:
Economistas, socialistas tontos [que tanto abundan en España].

lunes, 19 de septiembre de 2011

Giner (de los Ríos)

Así lo definía, en un escolio que vale por varias biografías, Menéndez Pelayo:

[Giner] será todo lo buen hombre que se quiera, pero no pasa de ser un maestro de escuela afectado y fastidioso.

Sus bisnietos y tataranietos, acampados en la Universidad más de un siglo (con el intermezzo de ajustes de la inmediata posguerra, tal vez inevitables y que yo ni justifico, ni, por supuesto, deploro), siendo igual de afectados y fastidiosos, ya no tienen la virtudes campestres del Urvater de la barbita florida.

La valía

Menéndez Pelayo, enfrentado con Salmerón cuando estudiaba metafísica en su cátedra madrileña, caló a todos los krausistas a la primera. Viajando por Europa, más tarde, pudo contrastar mejor su opinión. "Personalmente considerados, le escribía a Valera en una carta, valen más como hombres que como pensadores". Muy benevolente me parece esta idea del escritor de la Montaña.

De todas formas, como elogio, siquiera como descripción mínimamente significativa, lo colocaría yo al nivel del socorrido, desnaturalizado y nada problemático "buena persona".

sábado, 27 de agosto de 2011

Del yeso hacia el aceite

En un Diccionario de Ciencias sociales editado en Alemania, tal vez en los años 30 (excúsenme la imprecisión en la cita: estoy desembalando estos días papeles y libros), que consulté hace un tiempo se puede leer este epítome de la actitud política de los españoles: "Practican el deporte de cambiar constituciones". Doy fe de la literalidad de mi traducción.

Cuando leí en El Estado de obras, de Fernández de la Mora, que un cínico viajero francés decía que en España la constitución es una pellada de yeso sobre granito, pensé que a Don Gonzalo le hubiera gustado tener noticia de mi hallazgo.

Ahora es distinto. Vivimos en un régimen de progreso. La cifra del movimiento político es la reforma constitucional. Se va viendo que toda reforma constitucional, en España, es un lamparón en un charco de aceite.

miércoles, 15 de junio de 2011

Une banalité supérieure

La época de las revoluciones concluyó hace tiempo. El término varía 100 o 150 años según se lea la tesis en Saint Simon o en Calvo Serer, pero el hecho en si se ha convertido en una verdad inatacable.

No cabe esperar mucho de los movimientos que se presentan como una revolución, como un "aldabonazo", así de rotundo se dice, para despertar las conciencias. Sobre esto hay muchas opiniones concordantes en lo esencial, pero creo que muy pocos han diagnosticado la situación con la finura de López-Amo:

Han terminado las revoluciones, no porque hayan terminado las injusticias, dice en su conferencia dictada en 1956 en el Estudio General de Navarra, siguiendo la opinión de Donoso Cortés.

Han terminado las revoluciones, concluye ya por su propia cuenta, sencillamente porque han terminado las aristocracias que saben hacerlas.

Se trata de una banalidad superior: no hay ya revolución posible porque la gente, -el Tercer estado, el pueblo, los intelectuales...- no sabe ya cómo hacerla.

lunes, 13 de junio de 2011

Esclavitud moral

La democracia individualista requiere que una clase homogénea domine y las otras le sirvan[; así pues,] en la democracia moderna hay una servidumbre de la masa. Mas como se ha proclamado su libertad, la servidumbre no es jurídica; es una servidumbre moral realizada por estos tres poderosos instrumentos: el dinero, los partidos políticos y organizaciones obreras y la enseñanza.

Tal vez no haga falta repetirlo: el pueblo español, formalmente libre, padece la peor de las servidumbres, la moral. Para ello se han conjurado el dinero, los partidos y sindicatos, y la enseñanza pública. Lo decía López-Amo en 1952: La monarquía de la reforma social, p.137.

Sin negarle clarividencia al autor, la  cosa debía estar bastante clara entonces: hay regímenes que faltos de legitimidad únicamente pueden apoyarse en la esclavitud moral de los ciudadanos.

sábado, 11 de junio de 2011

Certezas

Siguiendo los pasos de Ángel López-Amo por Valencia y Madrid los meses posteriores a la Guerra civil, me asomo a los recuerdos de José Orlandis en Años de juventud en el Opus Dei. Sólo había leído de estas memorias unas pocas páginas relativas a las oposiciones de Derecho político de 1942, cuyo resultado, por cierto, explica con sencillez y veracidad el padre Orlandis: el presidente del tribunal, Ruiz del Castillo, se inclinó por opositores neutrales, Luis Sánchez Agesta e Ignacio Mª de Lojendio, frente a los "candidatos" monárquico, Eugenio Vegas, falangista, Javier Conde, y tradicionalista, Francisco Elías de Tejada.

López-Amo se asoma lo justo en estas páginas para que no se pierdan del todo en el aire los pocos hilos de su vida que, a los 55 años de su muerte, le dan aún consistencia al recuerdo de su obra.  En ella se cuenta La monarquía de la reforma social, un libro político al que hubo que disimularle el título en la camisa y del que decía Federico Suárez que era uno de los más importantes escritos en España desde principios del siglo XIX. Gonzalo Fernández de la Mora era de la misma opinión, aunque reducía el término de la comparación reconociendo su neta superioridad a partir de Donoso Cortés.

Pero no son estas certezas las que me interpelan en esta hora de los aperitivos, otra vez, por unos días, lejos de mi mujer y mis hijas.

Dice Orlandis que uno de los juristas afines a la Escuela histórica jurídica de Hinojosa era Nicolás Pérez Serrano, catedrático de Derecho político y primer connstitucionalista español. De Pérez Serrano he admirado siempre su estilo conciso, sus grandes dotes para el Derecho público y su espíritu crítico. También su convencimiento de que la misión del juspublicista es servir al Estado. Por convicción moral y por imperativo deontológico. 

Cómo se ha hecho de Pérez Serrano el prototipo de un liberal de izquierdas no se me alcanza. Algo habrá tenido que ver en ello la edición hace años de sus obras selectas, en dos tomos, por el Instituto de la Administración Local. También el concurrente interés del neoconstitucionalismo de 1978 en reclamar la herencia de 1931... aunque para ello haya tenido que echarse mano de uno de los más consistentes y finos críticos del desastre técnico que fue la constitución republicana. Aumenta mi certeza de la burda manipulación de la memoria de don Nicolás cuando leo en los recuerdos juveniles de Orlandis lo siguiente. Fallecido el rey Alfonso XIII en Roma, muchos balcones de Madrid exhibieron crespones negros. Así amaneció Madrid el 29 de febrero de 1941, al día siguiente de conocerse la noticia:

Con Madrid vestido de luto, escribe Orlandis, hube de acudir al domicilio de Pérez Serrano, en la calle de Génova, para recabar su consejo sobre algún trabajo que llevaba entre manos. Me encontré la casa con colgaduras fúnebres en los balcones y recuerdo la sincera emoción con que me habló de la muerte del rey [pág. 144.]